Archivos Mensuales: mayo 2012

Las flores de Momo

Antes de venir a Japón, Muriel me recomendó apasionadamente Momo y Momo puso patas arriba el concepto que tenía del tiempo. Leerlo fue como un despertar de un largo letargo imperceptible para los adultos integrados en la sociedad.

Ahora, a 10.000 km de Momo, recuerdo mi época de veranos en Londres en este tipo de habitaciones minúsculas condenadas a la temporalidad. No sé qué ha sido de esa persona de hace años .

Ahora una estudiante holandesa ocupa la habitación de al lado y me parece una extraterrestre, pero ella soy yo hace 10 años.

Ahora todo es diferente. Ahora me pregunto qué hacer con el par de horas que me sobran cada día y ante mi absoluto desconcierto pienso: cuando en Madrid me lamento constantemente de no tener suficiente tiempo… ¿es real? ¿para qué, exactamente, me falta el tiempo? ¿Tiene que ver con las cosas materiales que me rodean allí y lo invaden todo? – mi casa, mi horno, mis libros, mis fotos…- ¿será que nos hemos vuelto prisioneros de nuestras pertenencias? ¿O será por las personas que nos rodean y conforman nuestra vida cotidiana? ¿Será que nos hemos encadenado a ellas, o son ellas las que conceden sentido a todo? ¿Se puede ser libre y ser feliz al mismo tiempo?

Y lo que es más importante, ¿qué libro me recomendáis leer?

Desde Cambridge con amor

Como cada vez que intento escribir algo me pongo bastante solemne, cada entrada (es decir las dos entradas) que he escrito parecen dan a entender que estar aquí es un puro sufrimiento (cosa que no es del todo cierto todo el rato). Así que esta entrada va dedicada a madres, tías y familiares en general que puedan preocuparse en exceso en la distancia.

Cambridge es muy bonito, lo cierto es que es una pena que sea tan pequeñín porque en un santiamén te has recorrido todo lo recorrible (y eso que yo, para llevar la contraria, aún no me he comprado bici!). Hoy voy a poneros una foto más concreta de lo que puedes esperar ver por aquí (pondré más, aunque el repertorio es muy básico: césped, iglesias y colleges (aún no los diferencia demasiado, salvo por el tamaño) y gente remando a todas horas por el río). La de hoy es de la capilla del King’s College (os lo dije!), aunque desde su vista menos típica, es decir, desde donde se puede acceder más fácilmente (porque las que veréis en internet están tomadas desde el río, aún tengo que averiguar cómo llegar al punto de foto típica) (no se pueden quemar todos los cartuchos así como así, hay que reservarse cosas…).

La verdad es que hoy ha sido un día bastante entretenido: por la mañana he estado dando una vuelta por la orilla del río que menos me conozco, y he llegado al centro de la ciudad con la intención de hacer unas fotos a los colleges y a los colegas cambridgeanos. Lleva una par de días haciendo un sol que te cagas (perdona mamá!) increíble, pero ésta vez de verdad, no como la semana pasada que todo el mundo me decía que había traído el sol conmigo y yo no podía quitarme la sudadera ni a mediodía. El caso es que en cuanto hay un par de rayos de sol, los ingleses se ponen tan ansiosos que se lanzan a tumbarse en cualquier trozo verde que encuentren (por aquí es MUY fácil encontrar zonas con césped, es como en Madrid encontrarse cucarachas: chupado) y se desnudan todo lo que la decencia les permite. Y claro, ellos cuentan con estar tan blancos que puedan reflectar los rayos de sol, y en cierto modo así es (intentaré hacer fotos a la gente, porque es increíble!). Total, que a lo largo de mi paseo, me he encontrado con una piscina, así que he comido en casa rápidamente y sin haber hecho la digestión he ido corriendo a nadar un ratejo. Sorpresa total cuando pregunto por los bonos y me dan una hoja de inscripción y que la entregue al salir, y entonces entiendo que tengo que pagar a la salida. Cuando he salido, me han dicho que la próxima vez diga mi nombre y que entre directamente…GRATIS!! (toma nota, Esperanza Aguirre!!), a pesar de que yo aquí no pago impuestos (luego la sanidad es una puta mierda, pero bueno). Me he bañado, he nadado un buen rato, y los guiris no paraban de untarse cremas, pero aún así a los cinco (CINCO!!) minutos, todos parecía gambas a la plancha, y yo no (chupaos esa, cambridgeanos!).

Y poco más, la verdad es que no salgo mucho, así que ahorro bastante, y luego echo mucho de menos a la gente y a la familia pero tampoco sufro demasiado porque salgo a correr casi todos los días (desde el jueves pasado) y estoy experimentando bastante con la cocina, aprovechando que mis compis de piso estudiaron para chef (en pizza hut) y no pisan la cocina nada más que para calentarse pizzas o hacerse tazas de té (o las dos cosas simultáneamente). Además he encontrado un grupo de kungfú!! La verdad es que parecen un poco frikis (os pongo la página web, que a los de wushu les va a gustar) (mamá, pincha en la palabra kungfú si quieres ver el enlace, jejeje), pero seguro que es entretenido entrenar con ellos…tienen que contestarme primero al mail que les mandé, si no el lunes les llamo y a ver.

Bueno, ahora que ya sabéis que no me va tan mal…hasta mi jefa se preocupa por mí y me manda entretenimiento para que no me aburra demasiado, jeje!!

Otro día os hablo de Dog, nuestro gato (bueno, no es nuestro pero a veces se cuela en casa y duerme en nuestro salón, como hoy).

Un sueño

Estaba cubierto de sudor y las sábanas trepaban por mi cuerpo arrastrándome de nuevo a la inconsciencia del semisueño, pero en la calle había ya un sol radiante y sin embargo sólo eran las 5h30 de la mañana. Cuando salía por la puerta, el cielo había adquirido de pronto una densidad plomiza y no supe ya entender la configuración de las calles, de las líneas dibujadas en el suelo. Había como una atmósfera sedimentada de humedad y cansancio, y yo no podía deshacerme de otra vez aquella sensación. Encontré en algún momento un bolígrafo abandonado en el suelo, descolorido, y me entraron ganas de llorar.

Entonces llegaba a un sitio extraño –mi nuevo sitio de trabajo, supuse-, lleno de gente sonriente con colmillos en los ojos.

El tiempo era gomoso, las paredes milenarias que me rodeaban despedían olores grises, sucios -pero eso era más bien afuera, en la Universidad-, que se reflejaban en la omnisciente moqueta azul que amortiguaba los repiqueteos de los zapatos y de los corazones. Luego un silencio sepulcral, con teteras chistando en las esquinas de los pasillos, y los corredores de entramado cambiante, y gente extraña a mi alrededor tecleando y riendo y bebiendo cremas y sopas frías de champiñones y de nuevo la náusea, la sensación de vacaciones falsas y caducas.

Luego volví a casa y me dormí, entonces soñé que iba al cine y a la feria, que las aceras brillaban, que no era más un turista, que la gente no hacía como que miraba al horizonte porque no son capaces de dirigirte la mirada cuando te reconocen por la calle.

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Blade Runner

Me sigue tentando la idea de hacerme un calendario para ir tachando los días que quedan para la vuelta, pero como me siento demasiado privilegiada como para ello, me voy a resistir y en su lugar contaré un poco de cómo va avanzando mi vida por aquí.

El pasado domingo, por ejemplo, tuve uno de los mejores y peores días desde que llegué. Tras salir un día de sol maravilloso, me propuse ir dando una vuelta hasta el supermercado de la estación, que no queda muy cerca pero es un paseo bonito. Aquí las ciudades crecen en torno a las estaciones, como en Europa crecieron alrededor de los ríos, así que en Japón los trenes son todo un símbolo de progreso y modernidad alrededor de los cuales se amontonan un montón de tiendas que varían dependiendo de la zona. En el centro de Osaka se rodean de centros comerciales inmensos y laberínticos que van bajo tierra, llenos de tiendas impagables con un lujo poco corriente para mi concepto habitual de subterráneo. En el caso de mi estación, sin embargo, lo más lujoso es un Starbucks y un Kentucky Fried Chicken, que atestiguan un poderío del marketing norteamericano que aún me sigue anonadando.

El caso es que al llegar a la estación me encuentro nada menos que un concurso de canción/karaoke. Qué momento, a esto le tengo que sacar una foto (y por si os lo estáis preguntando, sí, todos los tópicos que habéis oído sobre Japón son generalmente ciertos). Saco el móvil pero no me atrevo a acercarme lo suficiente para hacer una foto, así que me lo vuelvo a guardar. Cuál es mi sorpresa cuando descubro que ya no llevo en el bolsillo la tarjeta que abre mi habitación y la puerta de mi residencia-fantasma donde, por supuesto, no hay recepción ni personal, ni aparentemente nadie más alojado, ni nadie a quien pueda llamar en caso de pérdida.

Tras entrar en pánico, deshacer a todo correr el camino recorrido hasta la puerta de la residencia, hablar con los guardas que insistían en que hiciera algo que nunca sabré, aunque a juzgar por sus gestos implicaba avisar a alguien dentro de una facultad con las luces apagadas y claramente cerrada con candado, perder los nervios y avisar a A. a las 6 de la mañana hora española como si él fuera a resolverme algo, volver a la estación, verme forzada a gesticular con un policía durante una hora, coger un dolor de espalda tremendo ante tanta reverencia y tanto sumimasen… finalmente, encontré mi tarjeta en el suelo de la estación de Kita Senri, en el mismo exacto lugar donde 2 horas antes había sacado el móvil del bolsillo donde también llevaba mi tarjeta que pone: “Room 203. International House Osaka University+dirección”.

A parte de blasfemar contra mí misma por no haber sido capaz de reproducir tan simple cadena de acontecimientos, pensé que en España ya habría desaparecido la tarjeta, puede  que junto con todas las pertenencias de mi habitación, o puede que simplemente entre los pies de la gente que en lugar de escuchar quietos como estatuas un concurso de karaoke estarían bailando con una cervecita en la mano gritando como locos. ¿O puede que no, y que uno tienda a exagerar las cosas con la distancia?

Exhausta de hambre y sed, ya eran las 3 de la tarde, y he aquí mi dilema de si era propicio comer a esas horas cuando me iba a econtrar con un chico del labo y su mujer a cenar a las 5 (!!!!). La cena, paradójicamente, resultó ser en uno de los restaurantes subterráneos del centro, sólo que esta vez sí le encontré el encanto y  mi domingo se convirtió de repente en mi mejor día. Y es que Osaka es tan fea (qué se le va a hacer), que sólo se la ve bonita cuando no se ve nada, aunque sólo sea porque parece Blade Runner (ole el marketing americano):

Fernweh

Antes que nada, quiero agradecer a P. (y a M. indirectamente) la oportunidad de participar en este blog. Estoy impresionado por la calidad de las entradas iniciales, y me produce mucha curiosidad saber en qué dirección irá un proyecto a tantas bandas y desde diferentes puntos de vista. Dicho esto, vamos allá.

Yo colecciono palabras. Me parece fascinante cómo diferentes culturas han creado diferentes palabras según sus necesidades, creando unos términos intraducibles a otro idioma sin usar una circunvolución de palabras bastante complicada. Como ejercicio para demostraros a lo que me refiero, os propongo que intentéis explicar en otro idioma términos como “el duende” del flamenco (es la capacidad / el poder del arte de mover a las personas por dentro), o el término gallego morriña (es el dolor por estar lejos de la patria y el hogar). Yo los he intentado describir en los paréntesis, pero tengo la sensación de que son mucho más que eso.

Por ejemplo, en portugués existe el concepto de “saudade”, que combina nuestra morriña con melancolía y con nostalgia. La definición más exacta que he encontrado es algo así como “un deseo vago y constante de algo que no existe y probablemente no puede existir. Es el amor que permanece cuando algo se acaba, todas las cosas que permanecen y ayudan a vivir. Es un bien que se padece y un mal que se disfruta”. Vaya concepto intraducible al español, ¿no?

Todas las culturas del mundo acaban creando conceptos y consecuentemente palabras, para describir cosas que en otras culturas no hace falta describir. Por ejemplo, en japonés, la presión social para eliminar el concepto de individuo hace que el sujeto de la frase se omita casi siempre (sobre todo la primera persona del singular, para no parecer un egocéntrico. En un idioma en el que los verbos no se conjugan según la persona, esto supone que el flujo de información es bastante caótico para los no iniciados (ánimo, P.!), porque hay que ir adivinando el sujeto de cada oración sobre la marcha. Consecuentemente, se han creado dos verbos extra que significan “dar” y “recibir”, pero sólo en la primera persona del singular (significan realmente “yo dar” y “yo recibir”, y los otros verbos “cualquier persona menos yo dar” y “cualquier persona menos yo recibir”. De forma que cada vez que aparezca uno de esos verbos, el oyente entiende que el hablante se refiere a sí mismo.

Desde que escuché por primera vez la palabra alemana fernweh, me fascinó. Se compone de distancia (fern) y dolor (weh), y vendría siendo exactamente lo contrario a nuestra morriña (que en alemán también existe, como heimweh: dolor + casa). El fernweh es una sensación que indica el dolor que te produce estar lejos de lo desconocido. Tener ganas de explorar el mundo y sufrir por estar en un sitio conocido. Es equivalente al inglés wanderlust (literalmente, lujuria por vagar, ganas de deambular) y es un término que a nosotros culturalmente nos resulta muy ajeno, y que resulta extremadamente complicado de simplificar.

Me parece fascinante. Es posible que como persona, mis ataduras a una patria más o menos pequeña son muy relativas y débiles. Aunque creo que ya estoy bastante curado de mi fernweh, me parecía que era una buena reflexión inaugural en este blog sobre distancias (y sobre palabras).
Sobre todo porque todo esto acaba en que para entender mis ganas de recorrer el mundo y ponerles un nombre, me tuve que ir a otra lengua, porque en mi idioma natal eso ni existe. El mundo es una gran ironía.

Honne

Y efectivamente, como dice mi amigo M. aquí estoy, en Japón nada menos, aunque difiero en eso de “mejor planeado”. Y la verdad, ahora que estoy aquí se me hace difícil pensar cómo es un viaje bien planeado a este país tan diferente al nuestro que no se me ocurre nada más ajeno a mí que esto.

He intentado reproducir qué cadena de eventos me ha llevado en mi caso a estar hoy en este preciso instante en esta habitación minúscula escondida entre los bambúes de la Universidad de Osaka. Y ante el vacío total de respuestas, el pensamiento más recurrente que tengo estos días es “¿qué hago yo aquí?”. Francamente, ahora mismo no sé dónde empezó todo esto, aunque en realidad qué más da si lo importante es siempre lo que pasa a partir de ahora.

De momento, a la vista tengo una semana llena de experimentos en un laboratorio de lujo como nunca había visto antes, lo cual me llena curiosidad e ilusión por una parte, pero por otra parte mi irremediable forma de ser obsesiva y rebuscada hace que todo tenga un tinte agridulce: ¿les caeré bien? ¿qué impresión tendrán de mí? ¿cómo debo actuar? ¿cuánto debo trabajar? Y aunque la mayoría de las veces yo y mis cejas nos odiemos por ello, no es trivial lo que digo. Aquí las formas son algo realmente importante y probablemente eso es lo que hace que sean tan difíciles de descrifar. Hasta ahora, me habían parecido todos bastante francos (me refiero claro, a los pocos con los que puedo hablar en inglés) pero de pronto, descubro que trabajan los sábados normalmente, cuando me dijeron que era “off”, y que entran a las 6 aunque no pasa nada si yo entro a las 8.  Y así es como en mitad de la noche del sábado, en la puerta del centro de investigación, nos encontramos con una chica del laboratorio que de repente habla un inglés británico perfecto y despotrica sin piedad de su miserable vida de investigadora que la retiene allí cada fin de semana. Algo que, asegura, nosotros los europeos no podemos comprender, y es mejor que ni intente discutir porque ella ha estado en Glasgow durante años y sabe perfectamente que allá en Europa nos pegamos la vida padre. Y me sugiere que me ponga las pilas si quiero estar a la altura, aunque no usa estas palabras exactamente. Eso sí que es honne, pienso para mis adentros.

Y yo me acuerdo de M. y L., de sus iPS y ES varias, aunque pueden que éstas sólo sean una excusa para adelantar trabajo, o verse en el laboratorio y apoyarse mutuamente, o yo misma que sigo haciendo figuras desde aquí para mi laboratorio de España en el tiempo libre. Pero quién sabe, porque en realidad cómo se me ocurre tal idea si en Europa no sabemos qué es trabajar. ¿Y qué es trabajar, realmente?- me pregunto. Me viene a la cabeza la frase de A., que siempre me deja frases que le vuelven a uno cuando menos quiere y se lo espera: “En Japón nunca te van a pedir que hagas nada, pero apreciarán mucho que lo hagas”. ¿Y a qué hora entro mañana?- me pregunto de nuevo.

 

 

Serendipity

Si nunca hubiese acudido a esa cita misteriosa por sms, tal vez nunca habría perdido la cabeza por la persona que me mandó el mensaje; si esa persona no hubiese aceptado el trabajo en ese otro laboratorio, jamás se me habría pasado por la cabeza mandar un email para solicitar a mi actual jefa un puesto de trabajo; si no hubiese recomenzado la tesis en ese laboratorio en concreto, tal vez ese proyecto de mierda del que nadie quería hacerse cargo habría caído en el olvido en lugar de serme asignado para salir del paso; y, por fin, si alguna de mis compañeros de trabajo dominase las técnicas que se necesitan pàra abordar dicho proyecto, nunca se me habría ocurrido solicitar a mi jefa visitar ESE otro laboratorio.

Así comenzó mi aventura en Cambridge. Pero eso no es una serendipia, sino más bien una serie de relaciones causales, más por haberse cumplido los plazos de ejecución que por haber saltado de uno a otro, empujando con el pie la piedrecita de la rayuela -luego es fácil trazar una línea que pase por todos los puntos e intentar ver si el dibujo tiene sentido o no.

Cómo nacería este blog es otra historia: tras solicitar la estancia para finales de año, mi jefa en Cambridge me dijo que habría que adelantar el viaje porque para finales de verano tenía una mudanza prevista; a primeros de mayo. Y así, de pronto, me ví un día en el aeropuerto prácticamente a la misma hora que mi amiga P., ella yéndose de estancia, como yo (pero mejor planeado) 2 meses (pero a Japón, en lugar de a Cambridge). Eso podría ser una serendipia en la acepción más inglesa (“happy accident” o “pleasant surprise”). Y eso había que registrarlo de alguna manera.

Otra serendipia, en la acepción más científica del término, podría consistir en ir a Cambridge para aprender técnicas experimentales para estudiar el comportamiento de las células madre epidérmicas y terminar haciendo un descumbrimiento vital y aleatorio…

Pero puede suceder que no suceda nada.

Mientras tanto, Cambridge hace gala de su mejor verano, este año en Mayo. Y en la calle hay cantantes subsaharianas, con sus hijos bailando como Michael Jackson, y gente comiendo a todas horas -sandwiches-, y gente comiendo sandwiches y mirando a cantantes subsaharianas y a sus hijos escuálidos, y luego al terminar les dan un pequeño aplauso y se van corriendo, no vaya a ser que se pongan a pedir dinero por cantar en la calle, faltaría más.

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