Serendipity

Si nunca hubiese acudido a esa cita misteriosa por sms, tal vez nunca habría perdido la cabeza por la persona que me mandó el mensaje; si esa persona no hubiese aceptado el trabajo en ese otro laboratorio, jamás se me habría pasado por la cabeza mandar un email para solicitar a mi actual jefa un puesto de trabajo; si no hubiese recomenzado la tesis en ese laboratorio en concreto, tal vez ese proyecto de mierda del que nadie quería hacerse cargo habría caído en el olvido en lugar de serme asignado para salir del paso; y, por fin, si alguna de mis compañeros de trabajo dominase las técnicas que se necesitan pàra abordar dicho proyecto, nunca se me habría ocurrido solicitar a mi jefa visitar ESE otro laboratorio.

Así comenzó mi aventura en Cambridge. Pero eso no es una serendipia, sino más bien una serie de relaciones causales, más por haberse cumplido los plazos de ejecución que por haber saltado de uno a otro, empujando con el pie la piedrecita de la rayuela -luego es fácil trazar una línea que pase por todos los puntos e intentar ver si el dibujo tiene sentido o no.

Cómo nacería este blog es otra historia: tras solicitar la estancia para finales de año, mi jefa en Cambridge me dijo que habría que adelantar el viaje porque para finales de verano tenía una mudanza prevista; a primeros de mayo. Y así, de pronto, me ví un día en el aeropuerto prácticamente a la misma hora que mi amiga P., ella yéndose de estancia, como yo (pero mejor planeado) 2 meses (pero a Japón, en lugar de a Cambridge). Eso podría ser una serendipia en la acepción más inglesa (“happy accident” o “pleasant surprise”). Y eso había que registrarlo de alguna manera.

Otra serendipia, en la acepción más científica del término, podría consistir en ir a Cambridge para aprender técnicas experimentales para estudiar el comportamiento de las células madre epidérmicas y terminar haciendo un descumbrimiento vital y aleatorio…

Pero puede suceder que no suceda nada.

Mientras tanto, Cambridge hace gala de su mejor verano, este año en Mayo. Y en la calle hay cantantes subsaharianas, con sus hijos bailando como Michael Jackson, y gente comiendo a todas horas -sandwiches-, y gente comiendo sandwiches y mirando a cantantes subsaharianas y a sus hijos escuálidos, y luego al terminar les dan un pequeño aplauso y se van corriendo, no vaya a ser que se pongan a pedir dinero por cantar en la calle, faltaría más.

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