Archivos Mensuales: junio 2012

La vejez y la locura

Era domingo, pesado y caluroso, pero no llovía y de vez en cuando había brisa así que quise comer al aire libre. Busqué un lugar, me costó, porque a pesar de lo grande que es el campus de la Universidad de Osaka, apenas hay bancos o mesas donde sentarse, o trozos de césped donde esté permitido estar. De nuevo, otra muestra de la mentalidad japonesa y su incapacidad de pasar el rato porque sí.

Nada más sentarme les ví. Ya me los había cruzado otra vez esa mañana y me pareció curioso porque esa zona no estaba muy transitada. Eran un señor mayor y el que supuse que era su hijo. El hijo le cogía de la mano, algo que siempre sorprende entre hombres, pero aún más en Japón donde las personas no se tocan ni por casualidad. Pero aquel hombre se dejaba llevar, no sé si con naturalidad o más bien con abandono, y entre ellos no se cruzaban ni una sola palabra. El hombre mayor tenía la mirada perdida y caminaba unos pasos por detrás de su hijo que prácticamente le arrastraba. Pensé que me aterra la vejez. Yo no quiero morir joven, está claro, pero me aterra llegar a ese estado catatónico y divorciado del mundo donde parecía estar aquel hombre, donde se había instalado antes de morir la protagonista del libro que acabo de leer (“La vida ante sí”, de Romain Gary).

Se acercaron a comprar una bebida en la máquina que había cerca y se sentaron justo a mi lado.  Mantenían un riguroso silencio cuando el chico joven se levantó bruscamente y empezó a dar vueltas alrededor de la mesa. Lo hacía de forma decidida, casi corriendo, de hecho, con la vista clavada en el suelo. Yo no daba crédito: una vuelta tras otra tras otra. Debieron ser más de diez, por lo menos. Volví a fijarme en el hombre mayor y ya no me pareció que estuviera ausente, sino que incluso había una atisbo de pudor y de vergüenza en su rostro, pero él siguió sin decir nada. Esperó pacientemente a que el chico terminara sus vueltas y tan bruscamente como se había levantado, volvió a coger a su padre de la mano y se lo llevó decidido a algún lugar… a la más absoluta resignación, imagino.  Entonces pensé que me aterra la locura, y qué fácil es malinterpretar una imagen, cuántos prejuicios tenemos y cómo nos engañan nuestros ojos.

Me giré y leí a lo lejos “Facultad de Medicina. Hospital Universitario de Osaka”.

Anuncios

La Aurora

La aurora de Nueva York.

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible:
a veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

Federico García Lorca.

La casa de té

En la estrecha zona común de inglés que hablábamos él me había dejado entender que estaba buscando algún sitio para poder descansar un rato, y yo estaba convencida de que se dirigía a aquellas escaleras de piedra, a pesar de que no es propio de los japoneses estar en la calle porque sí, es evidente que eso no tiene ninguna cabida en su mentalidad pues quizás implicaría no estar dirigiéndose hacia algún objetivo. Los japoneses no pasean por la calle, siempre se intuye que van o vuelven de algún lugar a algún otro algún lugar y nunca vacilan o se entretienen.  Todo tiene que ver con la eficacia. Y efectivamente, bajó las escaleras y aún bajó un poco la calle para agacharse decidido a entrar en una minúscula puerta que a ojos de cualquier turista sería la entrada de una casa particular. Él no había ido a Nara desde que tenía 12 años, me había dicho, pero iba como si supiera perfectamente lo que hacía en cada momento. Y lo sabía, desde luego que lo sabía, los únicos que no sabemos nada, es más, que no tenemos ni repuñetera idea, somos los panolis que vamos allí sin entender un sólo kanji, y que por entender no entendemos ni los gestos que hacen.

Se metió en este lugar, como digo, y de repente, sin más ni más, todo enmudeció. Allí no había absolutamente nadie, tanto que no se oía ni el murmullo del gentío de colegios japoneses que habíamos dejado atrás. Sayaka lanzó al aire su “ah de la casa particular” como sólo las japonesas saben hacerlo, con una voz profundamente aguda y alargada: sumimasééééééééén. Lo lanzó al aire y del aire salió una mujer japonesa que me pareció de otra época. No por ser especialmente mayor, ni por su vestimenta, sino por alguna otra cosa inexplicable para mí.

Pero para entonces nosotros ya estábamos sentados en el tatami, yo absorta mirando el lago, y escuchando la nada. Esa nada que había imaginado tantas veces leyendo “Elogio de la sombra” de Tanizaki y que se me había resistido poderosamente hasta ahora, pues Osaka es un tugurio descomunal y inacabable. Pero ahí estaba por fín: la idea de Japón que todo el mundo tiene en las afueras, y que aparentemente sólo existe en lugares a los que probablemente no se llegaría jamás sin japoneses. Y entonces conseguí que no me pareciera tan discordante el budismo y el Japón de hoy en día, y por un momento, conseguí reconciliarme con Osaka, con los gélidos e indescifrables japoneses, con mi estancia y las distancias…

Y cuando se acercaba la señora a traernos un té de un color verde imposible, en su maravillosa casa de té completamente vacía, ví la paz en sus ojos, y quise decírselo aunque sabía que era inútil, pero creo que ella… en realidad ya lo sabía.

Cara de “What the Fuck”.

Image

Mis primeros días en Cambridge han venido cargados de experiencias contradictorias. Si hago balance de mis sentimientos de los últimos días, creo que lo predominante ha sido el asombro con que he asistido a la transformación en la importancia relativa que concedo a las cosas.

Por ejemplo, la primera semana aquí me llamó la atención la frialdad con la que los británicos reciben a sus visitas o nuevos conocidos. No era algo que no me esperase de antemano, simplemente me resultaban chocantes las formas de manifestar esa frialdad. Como cuando hice una tarta de manzana con motivo de mi cupleaños y cuando mandé un mail a todo el laboratorio para que quien quisiera subiera a por un trozo (porque no he aclarado que mi sitio no está en el labo sino en una planta distinta, entre los escritorios de otros grupos), de 20 personas únicamente recibí 2 mails, y ambos venían a decir que debería ponerla en la planta baja en la zona del café, que era el sitio de poner las tartas. Cuando la bajé, una persona me dijo que tendría que haber avisado, que así me podrían haber hecho una tarjeta (deseándome qué, me preguntaba yo, si no me conocían de nada; más les valía intentar hablar un poco conmigo en lugar de pensar en cretinas tarjetas de felicitación). Cuando terminó el día, no quedaba nada de tarta. Pero nadie me dijo si estaba buena o no, o gracias por el intento, o deberías haberle puesto menos manzanas que te quedará estupenda. Algo, por amor de Dios. Lo que quiero decir es que no esperaba que me hicieran una fiesta de bienvenida, pero hay un paso entre la timidez o frialdad y la mala educación. Otro ejemplo muy bueno: hubo recientemente un festival de la cerveza. Básicamente, a pesar de que Cambridge es una falsa ciudad diminuta (para mí es más bien una residencia universitaria masificada), tiene unas 15 breweries, es decir, fábricas de cerveza. Y una vez al año hacen una especie de “cata” al aire libre, y como hacía bueno, una chica del labo mandó un mail proponiendo a todo el laboratorio ir juntos. Cuando bajé a preguntar si salíamos juntos, la chica que había propuesto el plan dijo que “lástima que no tuviera bicicleta, porque nadie iba andando”. Cuando le pregunté que cómo quedábamos me dijo que nos encontraríamos allí. Nota al margen: fin de semana en Cambridge, ciudad de unas 100.000 personas de las cuales una cuarta parte es post-adolescente (y por tanto, presencia asegurada en el festival). Obviamente ni se me pasó por la cabeza ir. Nadie me preguntó el lunes que por qué no había ido.

El caso es que ante estas situaciones solía quedarme con cara de “What the fuck?”, que viene a ser cara de “qué narices está pasando?”. Ahora, simplemente me río de mí mismo y de la situación, tan absurda que jamás me habría podido imaginar y que justamente por eso me impedía reaccionar bien.

El fin de semana pasado fui a una barbacoa con mis compis de piso. Algún día os hablaré de ellos, se merecen un capítulo aparte, y la verdad es que me dan mucha vidilla. El caso es que llegué un poco tarde, porque la barbacoa empezaba a mediodía y yo tenía un experimento planeado con mi supervisor aquí, que se preocupa mucho de que no me aburra los findes, así que me planea experimentos (otro día os hablaré de mis supervisores también, otro capítulo enterito para ellos!). Así que llegué sobre las 21h, lo que significa que todo el mundo estaba más ebrio que Massiel. Los británicos son muy tímidos y fríos menos cuando se emborrachan, por lo que intentan emborracharse constantemente para poder tener relaciones sociales. Lo que no saben, y eso es algo para lo que Ana Rosa Quintana sería capaz de hacer un documental interesantísimo (tipo “Sus hijos podrían estar haciendo ésto”, con imágenes de los británicos de fiesta; como si lo viera), es que cuando pierden la timidez, la pierden por completo. La timidez salió pitando del sitio a los 20 minutos de empezar la barbacoa. Porque lo que sí que jamás me habría esperado ver en Cambridge, ciudad con la mayor concentración de premios Nobel del mundo por metro cuadrado, es gente haciendo versiones beodas de Instinto Básico en medio de un bar, o manoseándose como si tuvieran que quitar toda la purpurina del cuerpo de la gente a la que previamente habían saludado con un helado “nice to meet you” con un apretón de manos fofo y dislocado (mirando al horizonte).

Ha pasado un mes y he hablado con exactamente 3 personas de mi host lab, que a estas alturas tiene para mí de host lo mismo que el desierto de Kara Kum. Sigo viendo cosas que me siguen pareciendo absurdas, pero ahora puedo echarme unas risas con un par de portugueses, españoles y turcos, y ya no se me queda cara de What the fuck.

Mientras tanto paso el tiempo viendo películas y cocinando. Si la habitación me aprisiona demasiado, entonces salgo fuera, a la lluvia.

Salgo al aire libre.

Salgo a correr.

Un día precioso en Japón

Hoy es un día estupendo para ser feliz.

Vista desde el labo

Cuando llegué a Japón se vinieron de golpe todos los recuerdos de mi viaje a China. La única razón que me lo trajo a la mente, o más bien a la piel, era este clima asiático que había olvidado por completo. Un clima tan espeso, húmedo, pesado, pegajoso, que hasta parece tener un olor característico. Recuerdo que pensé que quizá toda Asia tenía este olor.

Hoy es un día estupendo para ser feliz, me he dicho hoy, y poco importa que me haya pasado desde las 7,00 am. matando ratones medio dormida mientras casi pierdo a un saltarín en el proceso.  Hoy es esepecial porque por fín hay un cielo azul y liviano, en lugar de ese capote de leche agria que hay normalmente, hoy no llueve ni hace un calor sofocante… Hoy es un día precioso. Pero a mi alrededor nadie parece advertirlo. En el laboratorio todo el mundo guarda el mismo silencio sepulcral que de costumbre. Tanto que a veces me pregunto si están muertos o dormidos (en alguna ocasión, así es), y si verdadermente están tan concentrados, ¿no les retumban los pensamientos en la cabeza?

Si no llego a girarme de la silla, un movimiento ya de por sí algo brusco en ese ambiente, Akemi nunca me habría mirado ni se habría dirigido a mí en discretísima voz baja para ir a comer. Y en la calle el tiempo invita a no trabajar más, aunque semejante reflexión me la guardo para la intimidad por las dudas.

A.- Los miércoles vienen de una panadería con los hornos al campus y venden pan recién hecho en la calle, ¿te gustaría probar?

Yo- Claro! Me encantaría! Qué bien!

El campus está lleno de mesas de madera al aire libre y desde lejos llega el olor a pan recién horneado y a queso fundido. Una ligera brisa nos acaricia delicadamente y los árboles brillan verdes en su sol-y-sombra.

Yo- ¿Estás hoy muy ocupada?

A.- No, hoy estoy bastante libre.

Yo- ¿Te apetece comer fuera?- me refiero a los aprox. 10 minutos que podemos tardar en comer una napolitana de jamón y queso.

A.- En realidad prefiero volver al laboratorio.

Yo- cara de frustración total.

Así se las pasan a la hora de comer, comiendo bollos frente al ordenador, haciendo nada en particular, mirando páginas personales, como si les molara martirizarse o como si ni se les ocurriera tomarse más de 10 min. en comer. Y así he descubierto hoy que efectivamente el resto del laboratorio estaba comiendo en su sitio, sin levantar el más mínimo ruido que pudiera hacerlo sospechar, comiendo en el más absoluto silencio. ¿Cómo se puede tomar uno como comida un paquete entero de galletas? Y lo que es peor, sin hacer ruido ni tirar migas????

Ya no sé si es que de verdad son masocas o tienen un talento genuino que quién sabe si algún día les servirá como ventaja evolutiva en un hipotético caos futuro donde sólo sobrevivan los que ni siquiera saben que lo están.

Bueno- me digo- ya que ceno a las 18,30h anyway, hoy ceno yo solita al aire libre mientras escribo mi próxima entrada del blog.