La casa de té

En la estrecha zona común de inglés que hablábamos él me había dejado entender que estaba buscando algún sitio para poder descansar un rato, y yo estaba convencida de que se dirigía a aquellas escaleras de piedra, a pesar de que no es propio de los japoneses estar en la calle porque sí, es evidente que eso no tiene ninguna cabida en su mentalidad pues quizás implicaría no estar dirigiéndose hacia algún objetivo. Los japoneses no pasean por la calle, siempre se intuye que van o vuelven de algún lugar a algún otro algún lugar y nunca vacilan o se entretienen.  Todo tiene que ver con la eficacia. Y efectivamente, bajó las escaleras y aún bajó un poco la calle para agacharse decidido a entrar en una minúscula puerta que a ojos de cualquier turista sería la entrada de una casa particular. Él no había ido a Nara desde que tenía 12 años, me había dicho, pero iba como si supiera perfectamente lo que hacía en cada momento. Y lo sabía, desde luego que lo sabía, los únicos que no sabemos nada, es más, que no tenemos ni repuñetera idea, somos los panolis que vamos allí sin entender un sólo kanji, y que por entender no entendemos ni los gestos que hacen.

Se metió en este lugar, como digo, y de repente, sin más ni más, todo enmudeció. Allí no había absolutamente nadie, tanto que no se oía ni el murmullo del gentío de colegios japoneses que habíamos dejado atrás. Sayaka lanzó al aire su “ah de la casa particular” como sólo las japonesas saben hacerlo, con una voz profundamente aguda y alargada: sumimasééééééééén. Lo lanzó al aire y del aire salió una mujer japonesa que me pareció de otra época. No por ser especialmente mayor, ni por su vestimenta, sino por alguna otra cosa inexplicable para mí.

Pero para entonces nosotros ya estábamos sentados en el tatami, yo absorta mirando el lago, y escuchando la nada. Esa nada que había imaginado tantas veces leyendo “Elogio de la sombra” de Tanizaki y que se me había resistido poderosamente hasta ahora, pues Osaka es un tugurio descomunal y inacabable. Pero ahí estaba por fín: la idea de Japón que todo el mundo tiene en las afueras, y que aparentemente sólo existe en lugares a los que probablemente no se llegaría jamás sin japoneses. Y entonces conseguí que no me pareciera tan discordante el budismo y el Japón de hoy en día, y por un momento, conseguí reconciliarme con Osaka, con los gélidos e indescifrables japoneses, con mi estancia y las distancias…

Y cuando se acercaba la señora a traernos un té de un color verde imposible, en su maravillosa casa de té completamente vacía, ví la paz en sus ojos, y quise decírselo aunque sabía que era inútil, pero creo que ella… en realidad ya lo sabía.

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2 pensamientos en “La casa de té

  1. Isabel dice:

    Creo que he bajado ésas escaleras contigo, entrado en ése silencio y descansado por un momento en paz mientras te leía, pero me reconciliaré con Osaka cuando vuelvas.

  2. iPhone dice:

    La casa de té es preciosa y el verde imposible del té es alucinante. Un lugar para pasarse las horas hablando o leyendo. Mil besos!

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