Archivos Mensuales: agosto 2012

“Last to join the Confederacy”

Parece que lo dijeran con orgullo. Y la verdad es que no es extraño encontrarte con gente en Carolina del Norte que todavía eche pestes sobre el tema. En el momento de la guerra de secesión, Carolina del Norte tenia una población de 1 millón de habitantes, de los cuales 300.000 eran esclavos negros. Pese a lo alucinante de la cifra, era el estado que menos esclavos por habitante tenía (si se compara con los otros 10 estados confederados). La razón por la que cito esta cifra, es porque hoy por hoy comparto con estos esclavos (bueno, con sus herederos) mis tardes en el autobus, en el camino de regreso a casa.

Al contrario que los estados europeos, donde los programas de inmigración han intentado insertar a los recién llegados y a sus descendientes en la normalidad del mundo laboral y social de occidente (con mayor o menor éxito), el sistema americano es, a todas luces, un ejemplo extensivo de “fracaso” rotundo. Con sus más y sus menos, los hijos de los esclavos de Carolina del Norte (y básicamente casi todos los negros de los estados del sur) siguen viviendo en la misma pobreza en la que han pasado sus últimos 140 años. Sin embargo, es una pobreza diferente de la que estamos acostumbrados en España. No son realmente pobres de dinero (cosa que salta a la vista cuando se mira su atuendo, sus cascos y sus teléfonos móviles), ni son pobres de comida (la mayoría están bastante sobradillos de kilos), sino que más bien son pobres de aspiraciones. Y eso que quizás parezca una tontería, en un país tan motivado por los “futuros” de las cosas, como son los Estados Unidos de Norteamérica, el “en qué te quieres convertir”, “qué quieres ser”, lo dice todo sobre una persona.

Mientras que los blancos ocupan los puestos más preparados de la escala laboral, como médicos, abogados, psicólogos, profesores, investigadores, políticos, los negros (en un 99%) trabajan como enfermeros, asistentes, ayudantes sociales, técnicos, secretarios y conductores. El sistema ha evolucionado en un insistente bombardeo a la sociedad (negra Y blanca) con ideales sobre “encontrar tu talento”, “trabajar para el día de mañana”, “y ser tú mismo”, que procesados por la licuadora del capitalismo, ha terminado por crear una cadena de montaje social donde se siguen el constante endeudamiento escolar, el estrés laboral y el individualismo extremo. Frente a este sistema, los negros de América liberados de sus cadenas al finalizar la guerra civil, y sus hijos, parecen haberse decididos a abrazar otro tipo de libertad, diferente de la que se esconde detrás de la bandera de rayas y estrellas. Adultos y niños negros viven impertérritos frente a una cultura que obliga incesantemente al individuo a intentar sobresalir entre los demás.

Cuando le conté a la gente del laboratorio que iba a empezar a ir y venir en autobus, me dijeron que estaba loco (ojo, no me ofrecieron llevarme o traerme, simplemente me dijeron que estaba loco). No voy a mentir, ir en autobus a veces puede asustar. Pero es ese miedo a lo desconocido, y no el miedo al peligro, lo que de primeras dirige hacia llevarte una “mala impresión”. Sin embargo, con el paso de los días, he desarrollado verdadera fascinación frente a la subcultura afroamericana. En el medio de un país gobernado por comida falsamente internacional, coches ridiculamente grandes para su propósito y hospitales convertidos en centros comerciales, la cultura negra me parece de lo más real y auténtico que he vivido. Y yo en este viaje voy a intentar salir a encontrarme lo poco que queda de “la verdadera América”.