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La Aurora

La aurora de Nueva York.

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible:
a veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

Federico García Lorca.

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Cara de “What the Fuck”.

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Mis primeros días en Cambridge han venido cargados de experiencias contradictorias. Si hago balance de mis sentimientos de los últimos días, creo que lo predominante ha sido el asombro con que he asistido a la transformación en la importancia relativa que concedo a las cosas.

Por ejemplo, la primera semana aquí me llamó la atención la frialdad con la que los británicos reciben a sus visitas o nuevos conocidos. No era algo que no me esperase de antemano, simplemente me resultaban chocantes las formas de manifestar esa frialdad. Como cuando hice una tarta de manzana con motivo de mi cupleaños y cuando mandé un mail a todo el laboratorio para que quien quisiera subiera a por un trozo (porque no he aclarado que mi sitio no está en el labo sino en una planta distinta, entre los escritorios de otros grupos), de 20 personas únicamente recibí 2 mails, y ambos venían a decir que debería ponerla en la planta baja en la zona del café, que era el sitio de poner las tartas. Cuando la bajé, una persona me dijo que tendría que haber avisado, que así me podrían haber hecho una tarjeta (deseándome qué, me preguntaba yo, si no me conocían de nada; más les valía intentar hablar un poco conmigo en lugar de pensar en cretinas tarjetas de felicitación). Cuando terminó el día, no quedaba nada de tarta. Pero nadie me dijo si estaba buena o no, o gracias por el intento, o deberías haberle puesto menos manzanas que te quedará estupenda. Algo, por amor de Dios. Lo que quiero decir es que no esperaba que me hicieran una fiesta de bienvenida, pero hay un paso entre la timidez o frialdad y la mala educación. Otro ejemplo muy bueno: hubo recientemente un festival de la cerveza. Básicamente, a pesar de que Cambridge es una falsa ciudad diminuta (para mí es más bien una residencia universitaria masificada), tiene unas 15 breweries, es decir, fábricas de cerveza. Y una vez al año hacen una especie de “cata” al aire libre, y como hacía bueno, una chica del labo mandó un mail proponiendo a todo el laboratorio ir juntos. Cuando bajé a preguntar si salíamos juntos, la chica que había propuesto el plan dijo que “lástima que no tuviera bicicleta, porque nadie iba andando”. Cuando le pregunté que cómo quedábamos me dijo que nos encontraríamos allí. Nota al margen: fin de semana en Cambridge, ciudad de unas 100.000 personas de las cuales una cuarta parte es post-adolescente (y por tanto, presencia asegurada en el festival). Obviamente ni se me pasó por la cabeza ir. Nadie me preguntó el lunes que por qué no había ido.

El caso es que ante estas situaciones solía quedarme con cara de “What the fuck?”, que viene a ser cara de “qué narices está pasando?”. Ahora, simplemente me río de mí mismo y de la situación, tan absurda que jamás me habría podido imaginar y que justamente por eso me impedía reaccionar bien.

El fin de semana pasado fui a una barbacoa con mis compis de piso. Algún día os hablaré de ellos, se merecen un capítulo aparte, y la verdad es que me dan mucha vidilla. El caso es que llegué un poco tarde, porque la barbacoa empezaba a mediodía y yo tenía un experimento planeado con mi supervisor aquí, que se preocupa mucho de que no me aburra los findes, así que me planea experimentos (otro día os hablaré de mis supervisores también, otro capítulo enterito para ellos!). Así que llegué sobre las 21h, lo que significa que todo el mundo estaba más ebrio que Massiel. Los británicos son muy tímidos y fríos menos cuando se emborrachan, por lo que intentan emborracharse constantemente para poder tener relaciones sociales. Lo que no saben, y eso es algo para lo que Ana Rosa Quintana sería capaz de hacer un documental interesantísimo (tipo “Sus hijos podrían estar haciendo ésto”, con imágenes de los británicos de fiesta; como si lo viera), es que cuando pierden la timidez, la pierden por completo. La timidez salió pitando del sitio a los 20 minutos de empezar la barbacoa. Porque lo que sí que jamás me habría esperado ver en Cambridge, ciudad con la mayor concentración de premios Nobel del mundo por metro cuadrado, es gente haciendo versiones beodas de Instinto Básico en medio de un bar, o manoseándose como si tuvieran que quitar toda la purpurina del cuerpo de la gente a la que previamente habían saludado con un helado “nice to meet you” con un apretón de manos fofo y dislocado (mirando al horizonte).

Ha pasado un mes y he hablado con exactamente 3 personas de mi host lab, que a estas alturas tiene para mí de host lo mismo que el desierto de Kara Kum. Sigo viendo cosas que me siguen pareciendo absurdas, pero ahora puedo echarme unas risas con un par de portugueses, españoles y turcos, y ya no se me queda cara de What the fuck.

Mientras tanto paso el tiempo viendo películas y cocinando. Si la habitación me aprisiona demasiado, entonces salgo fuera, a la lluvia.

Salgo al aire libre.

Salgo a correr.

Desde Cambridge con amor

Como cada vez que intento escribir algo me pongo bastante solemne, cada entrada (es decir las dos entradas) que he escrito parecen dan a entender que estar aquí es un puro sufrimiento (cosa que no es del todo cierto todo el rato). Así que esta entrada va dedicada a madres, tías y familiares en general que puedan preocuparse en exceso en la distancia.

Cambridge es muy bonito, lo cierto es que es una pena que sea tan pequeñín porque en un santiamén te has recorrido todo lo recorrible (y eso que yo, para llevar la contraria, aún no me he comprado bici!). Hoy voy a poneros una foto más concreta de lo que puedes esperar ver por aquí (pondré más, aunque el repertorio es muy básico: césped, iglesias y colleges (aún no los diferencia demasiado, salvo por el tamaño) y gente remando a todas horas por el río). La de hoy es de la capilla del King’s College (os lo dije!), aunque desde su vista menos típica, es decir, desde donde se puede acceder más fácilmente (porque las que veréis en internet están tomadas desde el río, aún tengo que averiguar cómo llegar al punto de foto típica) (no se pueden quemar todos los cartuchos así como así, hay que reservarse cosas…).

La verdad es que hoy ha sido un día bastante entretenido: por la mañana he estado dando una vuelta por la orilla del río que menos me conozco, y he llegado al centro de la ciudad con la intención de hacer unas fotos a los colleges y a los colegas cambridgeanos. Lleva una par de días haciendo un sol que te cagas (perdona mamá!) increíble, pero ésta vez de verdad, no como la semana pasada que todo el mundo me decía que había traído el sol conmigo y yo no podía quitarme la sudadera ni a mediodía. El caso es que en cuanto hay un par de rayos de sol, los ingleses se ponen tan ansiosos que se lanzan a tumbarse en cualquier trozo verde que encuentren (por aquí es MUY fácil encontrar zonas con césped, es como en Madrid encontrarse cucarachas: chupado) y se desnudan todo lo que la decencia les permite. Y claro, ellos cuentan con estar tan blancos que puedan reflectar los rayos de sol, y en cierto modo así es (intentaré hacer fotos a la gente, porque es increíble!). Total, que a lo largo de mi paseo, me he encontrado con una piscina, así que he comido en casa rápidamente y sin haber hecho la digestión he ido corriendo a nadar un ratejo. Sorpresa total cuando pregunto por los bonos y me dan una hoja de inscripción y que la entregue al salir, y entonces entiendo que tengo que pagar a la salida. Cuando he salido, me han dicho que la próxima vez diga mi nombre y que entre directamente…GRATIS!! (toma nota, Esperanza Aguirre!!), a pesar de que yo aquí no pago impuestos (luego la sanidad es una puta mierda, pero bueno). Me he bañado, he nadado un buen rato, y los guiris no paraban de untarse cremas, pero aún así a los cinco (CINCO!!) minutos, todos parecía gambas a la plancha, y yo no (chupaos esa, cambridgeanos!).

Y poco más, la verdad es que no salgo mucho, así que ahorro bastante, y luego echo mucho de menos a la gente y a la familia pero tampoco sufro demasiado porque salgo a correr casi todos los días (desde el jueves pasado) y estoy experimentando bastante con la cocina, aprovechando que mis compis de piso estudiaron para chef (en pizza hut) y no pisan la cocina nada más que para calentarse pizzas o hacerse tazas de té (o las dos cosas simultáneamente). Además he encontrado un grupo de kungfú!! La verdad es que parecen un poco frikis (os pongo la página web, que a los de wushu les va a gustar) (mamá, pincha en la palabra kungfú si quieres ver el enlace, jejeje), pero seguro que es entretenido entrenar con ellos…tienen que contestarme primero al mail que les mandé, si no el lunes les llamo y a ver.

Bueno, ahora que ya sabéis que no me va tan mal…hasta mi jefa se preocupa por mí y me manda entretenimiento para que no me aburra demasiado, jeje!!

Otro día os hablo de Dog, nuestro gato (bueno, no es nuestro pero a veces se cuela en casa y duerme en nuestro salón, como hoy).

Un sueño

Estaba cubierto de sudor y las sábanas trepaban por mi cuerpo arrastrándome de nuevo a la inconsciencia del semisueño, pero en la calle había ya un sol radiante y sin embargo sólo eran las 5h30 de la mañana. Cuando salía por la puerta, el cielo había adquirido de pronto una densidad plomiza y no supe ya entender la configuración de las calles, de las líneas dibujadas en el suelo. Había como una atmósfera sedimentada de humedad y cansancio, y yo no podía deshacerme de otra vez aquella sensación. Encontré en algún momento un bolígrafo abandonado en el suelo, descolorido, y me entraron ganas de llorar.

Entonces llegaba a un sitio extraño –mi nuevo sitio de trabajo, supuse-, lleno de gente sonriente con colmillos en los ojos.

El tiempo era gomoso, las paredes milenarias que me rodeaban despedían olores grises, sucios -pero eso era más bien afuera, en la Universidad-, que se reflejaban en la omnisciente moqueta azul que amortiguaba los repiqueteos de los zapatos y de los corazones. Luego un silencio sepulcral, con teteras chistando en las esquinas de los pasillos, y los corredores de entramado cambiante, y gente extraña a mi alrededor tecleando y riendo y bebiendo cremas y sopas frías de champiñones y de nuevo la náusea, la sensación de vacaciones falsas y caducas.

Luego volví a casa y me dormí, entonces soñé que iba al cine y a la feria, que las aceras brillaban, que no era más un turista, que la gente no hacía como que miraba al horizonte porque no son capaces de dirigirte la mirada cuando te reconocen por la calle.

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Serendipity

Si nunca hubiese acudido a esa cita misteriosa por sms, tal vez nunca habría perdido la cabeza por la persona que me mandó el mensaje; si esa persona no hubiese aceptado el trabajo en ese otro laboratorio, jamás se me habría pasado por la cabeza mandar un email para solicitar a mi actual jefa un puesto de trabajo; si no hubiese recomenzado la tesis en ese laboratorio en concreto, tal vez ese proyecto de mierda del que nadie quería hacerse cargo habría caído en el olvido en lugar de serme asignado para salir del paso; y, por fin, si alguna de mis compañeros de trabajo dominase las técnicas que se necesitan pàra abordar dicho proyecto, nunca se me habría ocurrido solicitar a mi jefa visitar ESE otro laboratorio.

Así comenzó mi aventura en Cambridge. Pero eso no es una serendipia, sino más bien una serie de relaciones causales, más por haberse cumplido los plazos de ejecución que por haber saltado de uno a otro, empujando con el pie la piedrecita de la rayuela -luego es fácil trazar una línea que pase por todos los puntos e intentar ver si el dibujo tiene sentido o no.

Cómo nacería este blog es otra historia: tras solicitar la estancia para finales de año, mi jefa en Cambridge me dijo que habría que adelantar el viaje porque para finales de verano tenía una mudanza prevista; a primeros de mayo. Y así, de pronto, me ví un día en el aeropuerto prácticamente a la misma hora que mi amiga P., ella yéndose de estancia, como yo (pero mejor planeado) 2 meses (pero a Japón, en lugar de a Cambridge). Eso podría ser una serendipia en la acepción más inglesa (“happy accident” o “pleasant surprise”). Y eso había que registrarlo de alguna manera.

Otra serendipia, en la acepción más científica del término, podría consistir en ir a Cambridge para aprender técnicas experimentales para estudiar el comportamiento de las células madre epidérmicas y terminar haciendo un descumbrimiento vital y aleatorio…

Pero puede suceder que no suceda nada.

Mientras tanto, Cambridge hace gala de su mejor verano, este año en Mayo. Y en la calle hay cantantes subsaharianas, con sus hijos bailando como Michael Jackson, y gente comiendo a todas horas -sandwiches-, y gente comiendo sandwiches y mirando a cantantes subsaharianas y a sus hijos escuálidos, y luego al terminar les dan un pequeño aplauso y se van corriendo, no vaya a ser que se pongan a pedir dinero por cantar en la calle, faltaría más.

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