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Breve enciclopedia sensorial de Durham

Durham sabe a sandwich en la cafetería del hospital, a salsa de mostaza con miel, a sirope de arándanos y a fruta orgánica ya demasiado madura. Sabe a nachos de maíz, a refrescos dietéticos en exceso, a Vanilla Latte mezclado con dentrífico por la mañana. Sabe a hamburguesa vegana, a barbacoa de pollo en día de partido, a leche 0.5% y a pseudo-sushi frito rebozado con ketchup.

Durham huele a tierra mojada recién llovida, a cuarto de peces cebra, a perritos calientes del carrito del mediodía. Huele a perfume de las familias que van arregladas a misa los domingos, a producto de limpieza de suelos los lunes y a tostadas requemadas los sábados. Huele a sudor de trabajadores y a bananas que guardo en mi balda de la alacena.

Durham suena a clarinete de banda de jazz callejera tocando en la estación de trenes, a claqueo de los expulsadores de puntas de las pipetas apresurandose por salir a las 5, a guitarreo de millones de grillos todo el tiempo. Suena a español de los camareraos, a inglés de los jefes, a chino de los post-docs, a alemán del estudiante internacional que no sabe todavía donde se metió, y a ladrido de los perros con los que vivo.

Durham se ve azul como la camiseta de baloncesto que llevan orgullosos los nuevos estudiantes, verde como los bosques que rodean y engloban todo, roja como la cresta de la niña de trece años que se sienta frente a mí en el autobus, marrón como la piel de los ciervos que veo desde mi ventana, naranja como la tapa de los tubos “falcon”, blanca como las batas de los doctores que entran y salen de todas partes, negra como mi desafarolada calle por las noches.

Durham se siente como la humedad al salir de casa, como el calor ardiente del sol de la mañana y el frío del aire acondicionado del autobus por la noche. Se siente como una quemadura en la boca con la comida recién recalentada al microondas, como el filo de la cuchilla de seccionar peces, como el mullido de la silla de cuero de mi escritorio. Se siente  como las teclas que presiono al terminar esta entrada.

Eruditio et Religio

Temporalmente trabajo en la Universidad de Duke. Refundada en los años 20 por la familia Duke de magnates tabacaleros, la Universidad de Duke ha sido históricamente uno de los centros universitarios de investigación más importantes de Estados Unidos. Con un presupuesto en investigación de 1000 millones de dolares al año, solo una veintena de universidades la igualan o superan en todo el mundo. Pese a su tradición investigadora, y su decidido enfoque biomédico (el hospital universitario frecuentemente está considerado como uno de los 14 mejores hospitales del país), es una de las universidades más influidas por la religión y los estudios divinos. La “Divinity School” está considerada como una de las mejores del país, con cientos de doctorandos nuevos cada año. E incluso hoy en día, la universidad mantiene lazos muy estrechos con la Iglesia Metodista Unida, la tercera fuerza cristiana más importante de Estados Unidos. Protestantista y evangelista, la capilla de la Iglesia de Duke es el símbolo de la Universidad. “Eruditio et Religio”, saber y religión, luce el blasón de la universidad, orgulloso, oponiéndose a las “libertinas” universidades del Norte.

El tema me dejó confuso, así que seguí investigando y preguntando sobre religiones en America (cuando no pongo tilde, me refiero al país, Estados Unidos, tal y como lo pronuncian aquí). Un paseo por los galpones de tabaco reconvertidos en “centro de la ciudad de Durham” me confundió incluso más. “Iglesia El Camino”, “Iglesia Adventista del 7mo. Día”, “Logia de Principes de NC”, “Iglesia Baptista de los Viñedos de Durham”… la lista es interminable. Y eso dentro del cristianismo. “La Iglesia de Yavé”, “La Iglesia Mormona”, “Testigos de Jehová”, “Iglesia de la Cienciología”, “Raelianismo”. La variopinta selección de divinidades hace recordar a los tiempos de los humanos primigenios, cuando no estaba mal venerar cualquier cosa que se te ocurriera. El “religionismo” estadounidense tiene hasta su propia parodia, encarnada en la Iglesia del Monstruo Volador de Espaguetis, surgida en respuesta al debate creacionista durante los años 2000.

Mi curiosidad se convirtió en verdadero asombro cuando hace unos días un compañero del laboratorio volvió de viaje por el estado de Minesotta. Había estado entrevistándose para un puesto de profesor universitario en una pequeña universidad privada. El puesto, preparado para un experto Doctor en biología molecular, requería dedicación completa a la enseñanza y parcial en investigación. Además, la universidad disponía de fondos privados (de hasta 1 millón de dolares) para investigación si el tema se encuadraba en las líneas de la “Ciencia de la Creación”. Ahh, sí, y está prohibido enseñar a los estudiantes cosas que contradigan las Sagradas Escrituras…….. Esto, ¡¿qué?! A todo el mundo le pareció de lo más normal. “Sí, sí, la típica universidad creacionista”. ¿Cómo que típica?

Aparentemente el tema es para tiritar: un 50% de los adultos de America está a favor de las ideas creacionistas típicas (lo que aquí se llama “Young Earth Creationism”, o lo que viene a ser lo mismo, la Tierra se creó hace menos de 10000 años). El porcentaje es aún más grande aquí en el Sur, donde incluso un 40% de los estudiantes de doctorado/posgrado muestran esta opinión.

¿Qué es lo que pasa? Todavía sigo intentando darle vueltas a la cabeza, pero la explicación más sencilla que sigue viniéndome a la mente es la siguiente: los estadounidenses se sienten muy solos. Tengo la impresión de que ese individualismo extremo, herencia de una geografía complicada y débiles ideas de estado y libertad, ha creado una sociedad rota donde la gente se siente terriblemente sola y aislada. Y solo hay un miedo más grande que el miedo a lo desconocido, y ese es el miedo a la soledad (aunque al fin y al cabo no deja de ser miedo a lo verdaderamente desconocido, es decir, miedo a uno mismo). Llegadas al nuevo continente, las religiones de Europa se han ido fragmentando en cientos de Iglesias aisladas y temerosas. Confundidas y sin un fuerte liderazgo común, estas se han ido a su vez fragmentando (y, aunque rara vez, también fusionando) según surgían en ellas diferentes opiniones frente al “progreso”: la guerra, las armas, la homosexualidad, la tecnología, internet, la pornografía, el aborto, las células madre, la ciencia. Las religiones y las iglesias han ido evolucionando (o involucionando, según se mire) gracias a su naturaleza frágil y errabunda.

Por mucho que me pese, sin embargo, tengo la sensación de que para el inculto vulgo individualiextremista que vive en este país, tan laxo de control y de estado, las religiones son lo único que mantiene en raya a esta sociedad al borde de la barbarie.

“Last to join the Confederacy”

Parece que lo dijeran con orgullo. Y la verdad es que no es extraño encontrarte con gente en Carolina del Norte que todavía eche pestes sobre el tema. En el momento de la guerra de secesión, Carolina del Norte tenia una población de 1 millón de habitantes, de los cuales 300.000 eran esclavos negros. Pese a lo alucinante de la cifra, era el estado que menos esclavos por habitante tenía (si se compara con los otros 10 estados confederados). La razón por la que cito esta cifra, es porque hoy por hoy comparto con estos esclavos (bueno, con sus herederos) mis tardes en el autobus, en el camino de regreso a casa.

Al contrario que los estados europeos, donde los programas de inmigración han intentado insertar a los recién llegados y a sus descendientes en la normalidad del mundo laboral y social de occidente (con mayor o menor éxito), el sistema americano es, a todas luces, un ejemplo extensivo de “fracaso” rotundo. Con sus más y sus menos, los hijos de los esclavos de Carolina del Norte (y básicamente casi todos los negros de los estados del sur) siguen viviendo en la misma pobreza en la que han pasado sus últimos 140 años. Sin embargo, es una pobreza diferente de la que estamos acostumbrados en España. No son realmente pobres de dinero (cosa que salta a la vista cuando se mira su atuendo, sus cascos y sus teléfonos móviles), ni son pobres de comida (la mayoría están bastante sobradillos de kilos), sino que más bien son pobres de aspiraciones. Y eso que quizás parezca una tontería, en un país tan motivado por los “futuros” de las cosas, como son los Estados Unidos de Norteamérica, el “en qué te quieres convertir”, “qué quieres ser”, lo dice todo sobre una persona.

Mientras que los blancos ocupan los puestos más preparados de la escala laboral, como médicos, abogados, psicólogos, profesores, investigadores, políticos, los negros (en un 99%) trabajan como enfermeros, asistentes, ayudantes sociales, técnicos, secretarios y conductores. El sistema ha evolucionado en un insistente bombardeo a la sociedad (negra Y blanca) con ideales sobre “encontrar tu talento”, “trabajar para el día de mañana”, “y ser tú mismo”, que procesados por la licuadora del capitalismo, ha terminado por crear una cadena de montaje social donde se siguen el constante endeudamiento escolar, el estrés laboral y el individualismo extremo. Frente a este sistema, los negros de América liberados de sus cadenas al finalizar la guerra civil, y sus hijos, parecen haberse decididos a abrazar otro tipo de libertad, diferente de la que se esconde detrás de la bandera de rayas y estrellas. Adultos y niños negros viven impertérritos frente a una cultura que obliga incesantemente al individuo a intentar sobresalir entre los demás.

Cuando le conté a la gente del laboratorio que iba a empezar a ir y venir en autobus, me dijeron que estaba loco (ojo, no me ofrecieron llevarme o traerme, simplemente me dijeron que estaba loco). No voy a mentir, ir en autobus a veces puede asustar. Pero es ese miedo a lo desconocido, y no el miedo al peligro, lo que de primeras dirige hacia llevarte una “mala impresión”. Sin embargo, con el paso de los días, he desarrollado verdadera fascinación frente a la subcultura afroamericana. En el medio de un país gobernado por comida falsamente internacional, coches ridiculamente grandes para su propósito y hospitales convertidos en centros comerciales, la cultura negra me parece de lo más real y auténtico que he vivido. Y yo en este viaje voy a intentar salir a encontrarme lo poco que queda de “la verdadera América”.