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La vejez y la locura

Era domingo, pesado y caluroso, pero no llovía y de vez en cuando había brisa así que quise comer al aire libre. Busqué un lugar, me costó, porque a pesar de lo grande que es el campus de la Universidad de Osaka, apenas hay bancos o mesas donde sentarse, o trozos de césped donde esté permitido estar. De nuevo, otra muestra de la mentalidad japonesa y su incapacidad de pasar el rato porque sí.

Nada más sentarme les ví. Ya me los había cruzado otra vez esa mañana y me pareció curioso porque esa zona no estaba muy transitada. Eran un señor mayor y el que supuse que era su hijo. El hijo le cogía de la mano, algo que siempre sorprende entre hombres, pero aún más en Japón donde las personas no se tocan ni por casualidad. Pero aquel hombre se dejaba llevar, no sé si con naturalidad o más bien con abandono, y entre ellos no se cruzaban ni una sola palabra. El hombre mayor tenía la mirada perdida y caminaba unos pasos por detrás de su hijo que prácticamente le arrastraba. Pensé que me aterra la vejez. Yo no quiero morir joven, está claro, pero me aterra llegar a ese estado catatónico y divorciado del mundo donde parecía estar aquel hombre, donde se había instalado antes de morir la protagonista del libro que acabo de leer (“La vida ante sí”, de Romain Gary).

Se acercaron a comprar una bebida en la máquina que había cerca y se sentaron justo a mi lado.  Mantenían un riguroso silencio cuando el chico joven se levantó bruscamente y empezó a dar vueltas alrededor de la mesa. Lo hacía de forma decidida, casi corriendo, de hecho, con la vista clavada en el suelo. Yo no daba crédito: una vuelta tras otra tras otra. Debieron ser más de diez, por lo menos. Volví a fijarme en el hombre mayor y ya no me pareció que estuviera ausente, sino que incluso había una atisbo de pudor y de vergüenza en su rostro, pero él siguió sin decir nada. Esperó pacientemente a que el chico terminara sus vueltas y tan bruscamente como se había levantado, volvió a coger a su padre de la mano y se lo llevó decidido a algún lugar… a la más absoluta resignación, imagino.  Entonces pensé que me aterra la locura, y qué fácil es malinterpretar una imagen, cuántos prejuicios tenemos y cómo nos engañan nuestros ojos.

Me giré y leí a lo lejos “Facultad de Medicina. Hospital Universitario de Osaka”.

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La casa de té

En la estrecha zona común de inglés que hablábamos él me había dejado entender que estaba buscando algún sitio para poder descansar un rato, y yo estaba convencida de que se dirigía a aquellas escaleras de piedra, a pesar de que no es propio de los japoneses estar en la calle porque sí, es evidente que eso no tiene ninguna cabida en su mentalidad pues quizás implicaría no estar dirigiéndose hacia algún objetivo. Los japoneses no pasean por la calle, siempre se intuye que van o vuelven de algún lugar a algún otro algún lugar y nunca vacilan o se entretienen.  Todo tiene que ver con la eficacia. Y efectivamente, bajó las escaleras y aún bajó un poco la calle para agacharse decidido a entrar en una minúscula puerta que a ojos de cualquier turista sería la entrada de una casa particular. Él no había ido a Nara desde que tenía 12 años, me había dicho, pero iba como si supiera perfectamente lo que hacía en cada momento. Y lo sabía, desde luego que lo sabía, los únicos que no sabemos nada, es más, que no tenemos ni repuñetera idea, somos los panolis que vamos allí sin entender un sólo kanji, y que por entender no entendemos ni los gestos que hacen.

Se metió en este lugar, como digo, y de repente, sin más ni más, todo enmudeció. Allí no había absolutamente nadie, tanto que no se oía ni el murmullo del gentío de colegios japoneses que habíamos dejado atrás. Sayaka lanzó al aire su “ah de la casa particular” como sólo las japonesas saben hacerlo, con una voz profundamente aguda y alargada: sumimasééééééééén. Lo lanzó al aire y del aire salió una mujer japonesa que me pareció de otra época. No por ser especialmente mayor, ni por su vestimenta, sino por alguna otra cosa inexplicable para mí.

Pero para entonces nosotros ya estábamos sentados en el tatami, yo absorta mirando el lago, y escuchando la nada. Esa nada que había imaginado tantas veces leyendo “Elogio de la sombra” de Tanizaki y que se me había resistido poderosamente hasta ahora, pues Osaka es un tugurio descomunal y inacabable. Pero ahí estaba por fín: la idea de Japón que todo el mundo tiene en las afueras, y que aparentemente sólo existe en lugares a los que probablemente no se llegaría jamás sin japoneses. Y entonces conseguí que no me pareciera tan discordante el budismo y el Japón de hoy en día, y por un momento, conseguí reconciliarme con Osaka, con los gélidos e indescifrables japoneses, con mi estancia y las distancias…

Y cuando se acercaba la señora a traernos un té de un color verde imposible, en su maravillosa casa de té completamente vacía, ví la paz en sus ojos, y quise decírselo aunque sabía que era inútil, pero creo que ella… en realidad ya lo sabía.

Un día precioso en Japón

Hoy es un día estupendo para ser feliz.

Vista desde el labo

Cuando llegué a Japón se vinieron de golpe todos los recuerdos de mi viaje a China. La única razón que me lo trajo a la mente, o más bien a la piel, era este clima asiático que había olvidado por completo. Un clima tan espeso, húmedo, pesado, pegajoso, que hasta parece tener un olor característico. Recuerdo que pensé que quizá toda Asia tenía este olor.

Hoy es un día estupendo para ser feliz, me he dicho hoy, y poco importa que me haya pasado desde las 7,00 am. matando ratones medio dormida mientras casi pierdo a un saltarín en el proceso.  Hoy es esepecial porque por fín hay un cielo azul y liviano, en lugar de ese capote de leche agria que hay normalmente, hoy no llueve ni hace un calor sofocante… Hoy es un día precioso. Pero a mi alrededor nadie parece advertirlo. En el laboratorio todo el mundo guarda el mismo silencio sepulcral que de costumbre. Tanto que a veces me pregunto si están muertos o dormidos (en alguna ocasión, así es), y si verdadermente están tan concentrados, ¿no les retumban los pensamientos en la cabeza?

Si no llego a girarme de la silla, un movimiento ya de por sí algo brusco en ese ambiente, Akemi nunca me habría mirado ni se habría dirigido a mí en discretísima voz baja para ir a comer. Y en la calle el tiempo invita a no trabajar más, aunque semejante reflexión me la guardo para la intimidad por las dudas.

A.- Los miércoles vienen de una panadería con los hornos al campus y venden pan recién hecho en la calle, ¿te gustaría probar?

Yo- Claro! Me encantaría! Qué bien!

El campus está lleno de mesas de madera al aire libre y desde lejos llega el olor a pan recién horneado y a queso fundido. Una ligera brisa nos acaricia delicadamente y los árboles brillan verdes en su sol-y-sombra.

Yo- ¿Estás hoy muy ocupada?

A.- No, hoy estoy bastante libre.

Yo- ¿Te apetece comer fuera?- me refiero a los aprox. 10 minutos que podemos tardar en comer una napolitana de jamón y queso.

A.- En realidad prefiero volver al laboratorio.

Yo- cara de frustración total.

Así se las pasan a la hora de comer, comiendo bollos frente al ordenador, haciendo nada en particular, mirando páginas personales, como si les molara martirizarse o como si ni se les ocurriera tomarse más de 10 min. en comer. Y así he descubierto hoy que efectivamente el resto del laboratorio estaba comiendo en su sitio, sin levantar el más mínimo ruido que pudiera hacerlo sospechar, comiendo en el más absoluto silencio. ¿Cómo se puede tomar uno como comida un paquete entero de galletas? Y lo que es peor, sin hacer ruido ni tirar migas????

Ya no sé si es que de verdad son masocas o tienen un talento genuino que quién sabe si algún día les servirá como ventaja evolutiva en un hipotético caos futuro donde sólo sobrevivan los que ni siquiera saben que lo están.

Bueno- me digo- ya que ceno a las 18,30h anyway, hoy ceno yo solita al aire libre mientras escribo mi próxima entrada del blog.

Las flores de Momo

Antes de venir a Japón, Muriel me recomendó apasionadamente Momo y Momo puso patas arriba el concepto que tenía del tiempo. Leerlo fue como un despertar de un largo letargo imperceptible para los adultos integrados en la sociedad.

Ahora, a 10.000 km de Momo, recuerdo mi época de veranos en Londres en este tipo de habitaciones minúsculas condenadas a la temporalidad. No sé qué ha sido de esa persona de hace años .

Ahora una estudiante holandesa ocupa la habitación de al lado y me parece una extraterrestre, pero ella soy yo hace 10 años.

Ahora todo es diferente. Ahora me pregunto qué hacer con el par de horas que me sobran cada día y ante mi absoluto desconcierto pienso: cuando en Madrid me lamento constantemente de no tener suficiente tiempo… ¿es real? ¿para qué, exactamente, me falta el tiempo? ¿Tiene que ver con las cosas materiales que me rodean allí y lo invaden todo? – mi casa, mi horno, mis libros, mis fotos…- ¿será que nos hemos vuelto prisioneros de nuestras pertenencias? ¿O será por las personas que nos rodean y conforman nuestra vida cotidiana? ¿Será que nos hemos encadenado a ellas, o son ellas las que conceden sentido a todo? ¿Se puede ser libre y ser feliz al mismo tiempo?

Y lo que es más importante, ¿qué libro me recomendáis leer?

Blade Runner

Me sigue tentando la idea de hacerme un calendario para ir tachando los días que quedan para la vuelta, pero como me siento demasiado privilegiada como para ello, me voy a resistir y en su lugar contaré un poco de cómo va avanzando mi vida por aquí.

El pasado domingo, por ejemplo, tuve uno de los mejores y peores días desde que llegué. Tras salir un día de sol maravilloso, me propuse ir dando una vuelta hasta el supermercado de la estación, que no queda muy cerca pero es un paseo bonito. Aquí las ciudades crecen en torno a las estaciones, como en Europa crecieron alrededor de los ríos, así que en Japón los trenes son todo un símbolo de progreso y modernidad alrededor de los cuales se amontonan un montón de tiendas que varían dependiendo de la zona. En el centro de Osaka se rodean de centros comerciales inmensos y laberínticos que van bajo tierra, llenos de tiendas impagables con un lujo poco corriente para mi concepto habitual de subterráneo. En el caso de mi estación, sin embargo, lo más lujoso es un Starbucks y un Kentucky Fried Chicken, que atestiguan un poderío del marketing norteamericano que aún me sigue anonadando.

El caso es que al llegar a la estación me encuentro nada menos que un concurso de canción/karaoke. Qué momento, a esto le tengo que sacar una foto (y por si os lo estáis preguntando, sí, todos los tópicos que habéis oído sobre Japón son generalmente ciertos). Saco el móvil pero no me atrevo a acercarme lo suficiente para hacer una foto, así que me lo vuelvo a guardar. Cuál es mi sorpresa cuando descubro que ya no llevo en el bolsillo la tarjeta que abre mi habitación y la puerta de mi residencia-fantasma donde, por supuesto, no hay recepción ni personal, ni aparentemente nadie más alojado, ni nadie a quien pueda llamar en caso de pérdida.

Tras entrar en pánico, deshacer a todo correr el camino recorrido hasta la puerta de la residencia, hablar con los guardas que insistían en que hiciera algo que nunca sabré, aunque a juzgar por sus gestos implicaba avisar a alguien dentro de una facultad con las luces apagadas y claramente cerrada con candado, perder los nervios y avisar a A. a las 6 de la mañana hora española como si él fuera a resolverme algo, volver a la estación, verme forzada a gesticular con un policía durante una hora, coger un dolor de espalda tremendo ante tanta reverencia y tanto sumimasen… finalmente, encontré mi tarjeta en el suelo de la estación de Kita Senri, en el mismo exacto lugar donde 2 horas antes había sacado el móvil del bolsillo donde también llevaba mi tarjeta que pone: “Room 203. International House Osaka University+dirección”.

A parte de blasfemar contra mí misma por no haber sido capaz de reproducir tan simple cadena de acontecimientos, pensé que en España ya habría desaparecido la tarjeta, puede  que junto con todas las pertenencias de mi habitación, o puede que simplemente entre los pies de la gente que en lugar de escuchar quietos como estatuas un concurso de karaoke estarían bailando con una cervecita en la mano gritando como locos. ¿O puede que no, y que uno tienda a exagerar las cosas con la distancia?

Exhausta de hambre y sed, ya eran las 3 de la tarde, y he aquí mi dilema de si era propicio comer a esas horas cuando me iba a econtrar con un chico del labo y su mujer a cenar a las 5 (!!!!). La cena, paradójicamente, resultó ser en uno de los restaurantes subterráneos del centro, sólo que esta vez sí le encontré el encanto y  mi domingo se convirtió de repente en mi mejor día. Y es que Osaka es tan fea (qué se le va a hacer), que sólo se la ve bonita cuando no se ve nada, aunque sólo sea porque parece Blade Runner (ole el marketing americano):

Honne

Y efectivamente, como dice mi amigo M. aquí estoy, en Japón nada menos, aunque difiero en eso de “mejor planeado”. Y la verdad, ahora que estoy aquí se me hace difícil pensar cómo es un viaje bien planeado a este país tan diferente al nuestro que no se me ocurre nada más ajeno a mí que esto.

He intentado reproducir qué cadena de eventos me ha llevado en mi caso a estar hoy en este preciso instante en esta habitación minúscula escondida entre los bambúes de la Universidad de Osaka. Y ante el vacío total de respuestas, el pensamiento más recurrente que tengo estos días es “¿qué hago yo aquí?”. Francamente, ahora mismo no sé dónde empezó todo esto, aunque en realidad qué más da si lo importante es siempre lo que pasa a partir de ahora.

De momento, a la vista tengo una semana llena de experimentos en un laboratorio de lujo como nunca había visto antes, lo cual me llena curiosidad e ilusión por una parte, pero por otra parte mi irremediable forma de ser obsesiva y rebuscada hace que todo tenga un tinte agridulce: ¿les caeré bien? ¿qué impresión tendrán de mí? ¿cómo debo actuar? ¿cuánto debo trabajar? Y aunque la mayoría de las veces yo y mis cejas nos odiemos por ello, no es trivial lo que digo. Aquí las formas son algo realmente importante y probablemente eso es lo que hace que sean tan difíciles de descrifar. Hasta ahora, me habían parecido todos bastante francos (me refiero claro, a los pocos con los que puedo hablar en inglés) pero de pronto, descubro que trabajan los sábados normalmente, cuando me dijeron que era “off”, y que entran a las 6 aunque no pasa nada si yo entro a las 8.  Y así es como en mitad de la noche del sábado, en la puerta del centro de investigación, nos encontramos con una chica del laboratorio que de repente habla un inglés británico perfecto y despotrica sin piedad de su miserable vida de investigadora que la retiene allí cada fin de semana. Algo que, asegura, nosotros los europeos no podemos comprender, y es mejor que ni intente discutir porque ella ha estado en Glasgow durante años y sabe perfectamente que allá en Europa nos pegamos la vida padre. Y me sugiere que me ponga las pilas si quiero estar a la altura, aunque no usa estas palabras exactamente. Eso sí que es honne, pienso para mis adentros.

Y yo me acuerdo de M. y L., de sus iPS y ES varias, aunque pueden que éstas sólo sean una excusa para adelantar trabajo, o verse en el laboratorio y apoyarse mutuamente, o yo misma que sigo haciendo figuras desde aquí para mi laboratorio de España en el tiempo libre. Pero quién sabe, porque en realidad cómo se me ocurre tal idea si en Europa no sabemos qué es trabajar. ¿Y qué es trabajar, realmente?- me pregunto. Me viene a la cabeza la frase de A., que siempre me deja frases que le vuelven a uno cuando menos quiere y se lo espera: “En Japón nunca te van a pedir que hagas nada, pero apreciarán mucho que lo hagas”. ¿Y a qué hora entro mañana?- me pregunto de nuevo.