Breve enciclopedia sensorial de Durham

Durham sabe a sandwich en la cafetería del hospital, a salsa de mostaza con miel, a sirope de arándanos y a fruta orgánica ya demasiado madura. Sabe a nachos de maíz, a refrescos dietéticos en exceso, a Vanilla Latte mezclado con dentrífico por la mañana. Sabe a hamburguesa vegana, a barbacoa de pollo en día de partido, a leche 0.5% y a pseudo-sushi frito rebozado con ketchup.

Durham huele a tierra mojada recién llovida, a cuarto de peces cebra, a perritos calientes del carrito del mediodía. Huele a perfume de las familias que van arregladas a misa los domingos, a producto de limpieza de suelos los lunes y a tostadas requemadas los sábados. Huele a sudor de trabajadores y a bananas que guardo en mi balda de la alacena.

Durham suena a clarinete de banda de jazz callejera tocando en la estación de trenes, a claqueo de los expulsadores de puntas de las pipetas apresurandose por salir a las 5, a guitarreo de millones de grillos todo el tiempo. Suena a español de los camareraos, a inglés de los jefes, a chino de los post-docs, a alemán del estudiante internacional que no sabe todavía donde se metió, y a ladrido de los perros con los que vivo.

Durham se ve azul como la camiseta de baloncesto que llevan orgullosos los nuevos estudiantes, verde como los bosques que rodean y engloban todo, roja como la cresta de la niña de trece años que se sienta frente a mí en el autobus, marrón como la piel de los ciervos que veo desde mi ventana, naranja como la tapa de los tubos “falcon”, blanca como las batas de los doctores que entran y salen de todas partes, negra como mi desafarolada calle por las noches.

Durham se siente como la humedad al salir de casa, como el calor ardiente del sol de la mañana y el frío del aire acondicionado del autobus por la noche. Se siente como una quemadura en la boca con la comida recién recalentada al microondas, como el filo de la cuchilla de seccionar peces, como el mullido de la silla de cuero de mi escritorio. Se siente  como las teclas que presiono al terminar esta entrada.

Eruditio et Religio

Temporalmente trabajo en la Universidad de Duke. Refundada en los años 20 por la familia Duke de magnates tabacaleros, la Universidad de Duke ha sido históricamente uno de los centros universitarios de investigación más importantes de Estados Unidos. Con un presupuesto en investigación de 1000 millones de dolares al año, solo una veintena de universidades la igualan o superan en todo el mundo. Pese a su tradición investigadora, y su decidido enfoque biomédico (el hospital universitario frecuentemente está considerado como uno de los 14 mejores hospitales del país), es una de las universidades más influidas por la religión y los estudios divinos. La “Divinity School” está considerada como una de las mejores del país, con cientos de doctorandos nuevos cada año. E incluso hoy en día, la universidad mantiene lazos muy estrechos con la Iglesia Metodista Unida, la tercera fuerza cristiana más importante de Estados Unidos. Protestantista y evangelista, la capilla de la Iglesia de Duke es el símbolo de la Universidad. “Eruditio et Religio”, saber y religión, luce el blasón de la universidad, orgulloso, oponiéndose a las “libertinas” universidades del Norte.

El tema me dejó confuso, así que seguí investigando y preguntando sobre religiones en America (cuando no pongo tilde, me refiero al país, Estados Unidos, tal y como lo pronuncian aquí). Un paseo por los galpones de tabaco reconvertidos en “centro de la ciudad de Durham” me confundió incluso más. “Iglesia El Camino”, “Iglesia Adventista del 7mo. Día”, “Logia de Principes de NC”, “Iglesia Baptista de los Viñedos de Durham”… la lista es interminable. Y eso dentro del cristianismo. “La Iglesia de Yavé”, “La Iglesia Mormona”, “Testigos de Jehová”, “Iglesia de la Cienciología”, “Raelianismo”. La variopinta selección de divinidades hace recordar a los tiempos de los humanos primigenios, cuando no estaba mal venerar cualquier cosa que se te ocurriera. El “religionismo” estadounidense tiene hasta su propia parodia, encarnada en la Iglesia del Monstruo Volador de Espaguetis, surgida en respuesta al debate creacionista durante los años 2000.

Mi curiosidad se convirtió en verdadero asombro cuando hace unos días un compañero del laboratorio volvió de viaje por el estado de Minesotta. Había estado entrevistándose para un puesto de profesor universitario en una pequeña universidad privada. El puesto, preparado para un experto Doctor en biología molecular, requería dedicación completa a la enseñanza y parcial en investigación. Además, la universidad disponía de fondos privados (de hasta 1 millón de dolares) para investigación si el tema se encuadraba en las líneas de la “Ciencia de la Creación”. Ahh, sí, y está prohibido enseñar a los estudiantes cosas que contradigan las Sagradas Escrituras…….. Esto, ¡¿qué?! A todo el mundo le pareció de lo más normal. “Sí, sí, la típica universidad creacionista”. ¿Cómo que típica?

Aparentemente el tema es para tiritar: un 50% de los adultos de America está a favor de las ideas creacionistas típicas (lo que aquí se llama “Young Earth Creationism”, o lo que viene a ser lo mismo, la Tierra se creó hace menos de 10000 años). El porcentaje es aún más grande aquí en el Sur, donde incluso un 40% de los estudiantes de doctorado/posgrado muestran esta opinión.

¿Qué es lo que pasa? Todavía sigo intentando darle vueltas a la cabeza, pero la explicación más sencilla que sigue viniéndome a la mente es la siguiente: los estadounidenses se sienten muy solos. Tengo la impresión de que ese individualismo extremo, herencia de una geografía complicada y débiles ideas de estado y libertad, ha creado una sociedad rota donde la gente se siente terriblemente sola y aislada. Y solo hay un miedo más grande que el miedo a lo desconocido, y ese es el miedo a la soledad (aunque al fin y al cabo no deja de ser miedo a lo verdaderamente desconocido, es decir, miedo a uno mismo). Llegadas al nuevo continente, las religiones de Europa se han ido fragmentando en cientos de Iglesias aisladas y temerosas. Confundidas y sin un fuerte liderazgo común, estas se han ido a su vez fragmentando (y, aunque rara vez, también fusionando) según surgían en ellas diferentes opiniones frente al “progreso”: la guerra, las armas, la homosexualidad, la tecnología, internet, la pornografía, el aborto, las células madre, la ciencia. Las religiones y las iglesias han ido evolucionando (o involucionando, según se mire) gracias a su naturaleza frágil y errabunda.

Por mucho que me pese, sin embargo, tengo la sensación de que para el inculto vulgo individualiextremista que vive en este país, tan laxo de control y de estado, las religiones son lo único que mantiene en raya a esta sociedad al borde de la barbarie.

“Last to join the Confederacy”

Parece que lo dijeran con orgullo. Y la verdad es que no es extraño encontrarte con gente en Carolina del Norte que todavía eche pestes sobre el tema. En el momento de la guerra de secesión, Carolina del Norte tenia una población de 1 millón de habitantes, de los cuales 300.000 eran esclavos negros. Pese a lo alucinante de la cifra, era el estado que menos esclavos por habitante tenía (si se compara con los otros 10 estados confederados). La razón por la que cito esta cifra, es porque hoy por hoy comparto con estos esclavos (bueno, con sus herederos) mis tardes en el autobus, en el camino de regreso a casa.

Al contrario que los estados europeos, donde los programas de inmigración han intentado insertar a los recién llegados y a sus descendientes en la normalidad del mundo laboral y social de occidente (con mayor o menor éxito), el sistema americano es, a todas luces, un ejemplo extensivo de “fracaso” rotundo. Con sus más y sus menos, los hijos de los esclavos de Carolina del Norte (y básicamente casi todos los negros de los estados del sur) siguen viviendo en la misma pobreza en la que han pasado sus últimos 140 años. Sin embargo, es una pobreza diferente de la que estamos acostumbrados en España. No son realmente pobres de dinero (cosa que salta a la vista cuando se mira su atuendo, sus cascos y sus teléfonos móviles), ni son pobres de comida (la mayoría están bastante sobradillos de kilos), sino que más bien son pobres de aspiraciones. Y eso que quizás parezca una tontería, en un país tan motivado por los “futuros” de las cosas, como son los Estados Unidos de Norteamérica, el “en qué te quieres convertir”, “qué quieres ser”, lo dice todo sobre una persona.

Mientras que los blancos ocupan los puestos más preparados de la escala laboral, como médicos, abogados, psicólogos, profesores, investigadores, políticos, los negros (en un 99%) trabajan como enfermeros, asistentes, ayudantes sociales, técnicos, secretarios y conductores. El sistema ha evolucionado en un insistente bombardeo a la sociedad (negra Y blanca) con ideales sobre “encontrar tu talento”, “trabajar para el día de mañana”, “y ser tú mismo”, que procesados por la licuadora del capitalismo, ha terminado por crear una cadena de montaje social donde se siguen el constante endeudamiento escolar, el estrés laboral y el individualismo extremo. Frente a este sistema, los negros de América liberados de sus cadenas al finalizar la guerra civil, y sus hijos, parecen haberse decididos a abrazar otro tipo de libertad, diferente de la que se esconde detrás de la bandera de rayas y estrellas. Adultos y niños negros viven impertérritos frente a una cultura que obliga incesantemente al individuo a intentar sobresalir entre los demás.

Cuando le conté a la gente del laboratorio que iba a empezar a ir y venir en autobus, me dijeron que estaba loco (ojo, no me ofrecieron llevarme o traerme, simplemente me dijeron que estaba loco). No voy a mentir, ir en autobus a veces puede asustar. Pero es ese miedo a lo desconocido, y no el miedo al peligro, lo que de primeras dirige hacia llevarte una “mala impresión”. Sin embargo, con el paso de los días, he desarrollado verdadera fascinación frente a la subcultura afroamericana. En el medio de un país gobernado por comida falsamente internacional, coches ridiculamente grandes para su propósito y hospitales convertidos en centros comerciales, la cultura negra me parece de lo más real y auténtico que he vivido. Y yo en este viaje voy a intentar salir a encontrarme lo poco que queda de “la verdadera América”.

La vejez y la locura

Era domingo, pesado y caluroso, pero no llovía y de vez en cuando había brisa así que quise comer al aire libre. Busqué un lugar, me costó, porque a pesar de lo grande que es el campus de la Universidad de Osaka, apenas hay bancos o mesas donde sentarse, o trozos de césped donde esté permitido estar. De nuevo, otra muestra de la mentalidad japonesa y su incapacidad de pasar el rato porque sí.

Nada más sentarme les ví. Ya me los había cruzado otra vez esa mañana y me pareció curioso porque esa zona no estaba muy transitada. Eran un señor mayor y el que supuse que era su hijo. El hijo le cogía de la mano, algo que siempre sorprende entre hombres, pero aún más en Japón donde las personas no se tocan ni por casualidad. Pero aquel hombre se dejaba llevar, no sé si con naturalidad o más bien con abandono, y entre ellos no se cruzaban ni una sola palabra. El hombre mayor tenía la mirada perdida y caminaba unos pasos por detrás de su hijo que prácticamente le arrastraba. Pensé que me aterra la vejez. Yo no quiero morir joven, está claro, pero me aterra llegar a ese estado catatónico y divorciado del mundo donde parecía estar aquel hombre, donde se había instalado antes de morir la protagonista del libro que acabo de leer (“La vida ante sí”, de Romain Gary).

Se acercaron a comprar una bebida en la máquina que había cerca y se sentaron justo a mi lado.  Mantenían un riguroso silencio cuando el chico joven se levantó bruscamente y empezó a dar vueltas alrededor de la mesa. Lo hacía de forma decidida, casi corriendo, de hecho, con la vista clavada en el suelo. Yo no daba crédito: una vuelta tras otra tras otra. Debieron ser más de diez, por lo menos. Volví a fijarme en el hombre mayor y ya no me pareció que estuviera ausente, sino que incluso había una atisbo de pudor y de vergüenza en su rostro, pero él siguió sin decir nada. Esperó pacientemente a que el chico terminara sus vueltas y tan bruscamente como se había levantado, volvió a coger a su padre de la mano y se lo llevó decidido a algún lugar… a la más absoluta resignación, imagino.  Entonces pensé que me aterra la locura, y qué fácil es malinterpretar una imagen, cuántos prejuicios tenemos y cómo nos engañan nuestros ojos.

Me giré y leí a lo lejos “Facultad de Medicina. Hospital Universitario de Osaka”.

La Aurora

La aurora de Nueva York.

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible:
a veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

Federico García Lorca.

La casa de té

En la estrecha zona común de inglés que hablábamos él me había dejado entender que estaba buscando algún sitio para poder descansar un rato, y yo estaba convencida de que se dirigía a aquellas escaleras de piedra, a pesar de que no es propio de los japoneses estar en la calle porque sí, es evidente que eso no tiene ninguna cabida en su mentalidad pues quizás implicaría no estar dirigiéndose hacia algún objetivo. Los japoneses no pasean por la calle, siempre se intuye que van o vuelven de algún lugar a algún otro algún lugar y nunca vacilan o se entretienen.  Todo tiene que ver con la eficacia. Y efectivamente, bajó las escaleras y aún bajó un poco la calle para agacharse decidido a entrar en una minúscula puerta que a ojos de cualquier turista sería la entrada de una casa particular. Él no había ido a Nara desde que tenía 12 años, me había dicho, pero iba como si supiera perfectamente lo que hacía en cada momento. Y lo sabía, desde luego que lo sabía, los únicos que no sabemos nada, es más, que no tenemos ni repuñetera idea, somos los panolis que vamos allí sin entender un sólo kanji, y que por entender no entendemos ni los gestos que hacen.

Se metió en este lugar, como digo, y de repente, sin más ni más, todo enmudeció. Allí no había absolutamente nadie, tanto que no se oía ni el murmullo del gentío de colegios japoneses que habíamos dejado atrás. Sayaka lanzó al aire su “ah de la casa particular” como sólo las japonesas saben hacerlo, con una voz profundamente aguda y alargada: sumimasééééééééén. Lo lanzó al aire y del aire salió una mujer japonesa que me pareció de otra época. No por ser especialmente mayor, ni por su vestimenta, sino por alguna otra cosa inexplicable para mí.

Pero para entonces nosotros ya estábamos sentados en el tatami, yo absorta mirando el lago, y escuchando la nada. Esa nada que había imaginado tantas veces leyendo “Elogio de la sombra” de Tanizaki y que se me había resistido poderosamente hasta ahora, pues Osaka es un tugurio descomunal y inacabable. Pero ahí estaba por fín: la idea de Japón que todo el mundo tiene en las afueras, y que aparentemente sólo existe en lugares a los que probablemente no se llegaría jamás sin japoneses. Y entonces conseguí que no me pareciera tan discordante el budismo y el Japón de hoy en día, y por un momento, conseguí reconciliarme con Osaka, con los gélidos e indescifrables japoneses, con mi estancia y las distancias…

Y cuando se acercaba la señora a traernos un té de un color verde imposible, en su maravillosa casa de té completamente vacía, ví la paz en sus ojos, y quise decírselo aunque sabía que era inútil, pero creo que ella… en realidad ya lo sabía.

Cara de “What the Fuck”.

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Mis primeros días en Cambridge han venido cargados de experiencias contradictorias. Si hago balance de mis sentimientos de los últimos días, creo que lo predominante ha sido el asombro con que he asistido a la transformación en la importancia relativa que concedo a las cosas.

Por ejemplo, la primera semana aquí me llamó la atención la frialdad con la que los británicos reciben a sus visitas o nuevos conocidos. No era algo que no me esperase de antemano, simplemente me resultaban chocantes las formas de manifestar esa frialdad. Como cuando hice una tarta de manzana con motivo de mi cupleaños y cuando mandé un mail a todo el laboratorio para que quien quisiera subiera a por un trozo (porque no he aclarado que mi sitio no está en el labo sino en una planta distinta, entre los escritorios de otros grupos), de 20 personas únicamente recibí 2 mails, y ambos venían a decir que debería ponerla en la planta baja en la zona del café, que era el sitio de poner las tartas. Cuando la bajé, una persona me dijo que tendría que haber avisado, que así me podrían haber hecho una tarjeta (deseándome qué, me preguntaba yo, si no me conocían de nada; más les valía intentar hablar un poco conmigo en lugar de pensar en cretinas tarjetas de felicitación). Cuando terminó el día, no quedaba nada de tarta. Pero nadie me dijo si estaba buena o no, o gracias por el intento, o deberías haberle puesto menos manzanas que te quedará estupenda. Algo, por amor de Dios. Lo que quiero decir es que no esperaba que me hicieran una fiesta de bienvenida, pero hay un paso entre la timidez o frialdad y la mala educación. Otro ejemplo muy bueno: hubo recientemente un festival de la cerveza. Básicamente, a pesar de que Cambridge es una falsa ciudad diminuta (para mí es más bien una residencia universitaria masificada), tiene unas 15 breweries, es decir, fábricas de cerveza. Y una vez al año hacen una especie de “cata” al aire libre, y como hacía bueno, una chica del labo mandó un mail proponiendo a todo el laboratorio ir juntos. Cuando bajé a preguntar si salíamos juntos, la chica que había propuesto el plan dijo que “lástima que no tuviera bicicleta, porque nadie iba andando”. Cuando le pregunté que cómo quedábamos me dijo que nos encontraríamos allí. Nota al margen: fin de semana en Cambridge, ciudad de unas 100.000 personas de las cuales una cuarta parte es post-adolescente (y por tanto, presencia asegurada en el festival). Obviamente ni se me pasó por la cabeza ir. Nadie me preguntó el lunes que por qué no había ido.

El caso es que ante estas situaciones solía quedarme con cara de “What the fuck?”, que viene a ser cara de “qué narices está pasando?”. Ahora, simplemente me río de mí mismo y de la situación, tan absurda que jamás me habría podido imaginar y que justamente por eso me impedía reaccionar bien.

El fin de semana pasado fui a una barbacoa con mis compis de piso. Algún día os hablaré de ellos, se merecen un capítulo aparte, y la verdad es que me dan mucha vidilla. El caso es que llegué un poco tarde, porque la barbacoa empezaba a mediodía y yo tenía un experimento planeado con mi supervisor aquí, que se preocupa mucho de que no me aburra los findes, así que me planea experimentos (otro día os hablaré de mis supervisores también, otro capítulo enterito para ellos!). Así que llegué sobre las 21h, lo que significa que todo el mundo estaba más ebrio que Massiel. Los británicos son muy tímidos y fríos menos cuando se emborrachan, por lo que intentan emborracharse constantemente para poder tener relaciones sociales. Lo que no saben, y eso es algo para lo que Ana Rosa Quintana sería capaz de hacer un documental interesantísimo (tipo “Sus hijos podrían estar haciendo ésto”, con imágenes de los británicos de fiesta; como si lo viera), es que cuando pierden la timidez, la pierden por completo. La timidez salió pitando del sitio a los 20 minutos de empezar la barbacoa. Porque lo que sí que jamás me habría esperado ver en Cambridge, ciudad con la mayor concentración de premios Nobel del mundo por metro cuadrado, es gente haciendo versiones beodas de Instinto Básico en medio de un bar, o manoseándose como si tuvieran que quitar toda la purpurina del cuerpo de la gente a la que previamente habían saludado con un helado “nice to meet you” con un apretón de manos fofo y dislocado (mirando al horizonte).

Ha pasado un mes y he hablado con exactamente 3 personas de mi host lab, que a estas alturas tiene para mí de host lo mismo que el desierto de Kara Kum. Sigo viendo cosas que me siguen pareciendo absurdas, pero ahora puedo echarme unas risas con un par de portugueses, españoles y turcos, y ya no se me queda cara de What the fuck.

Mientras tanto paso el tiempo viendo películas y cocinando. Si la habitación me aprisiona demasiado, entonces salgo fuera, a la lluvia.

Salgo al aire libre.

Salgo a correr.

Un día precioso en Japón

Hoy es un día estupendo para ser feliz.

Vista desde el labo

Cuando llegué a Japón se vinieron de golpe todos los recuerdos de mi viaje a China. La única razón que me lo trajo a la mente, o más bien a la piel, era este clima asiático que había olvidado por completo. Un clima tan espeso, húmedo, pesado, pegajoso, que hasta parece tener un olor característico. Recuerdo que pensé que quizá toda Asia tenía este olor.

Hoy es un día estupendo para ser feliz, me he dicho hoy, y poco importa que me haya pasado desde las 7,00 am. matando ratones medio dormida mientras casi pierdo a un saltarín en el proceso.  Hoy es esepecial porque por fín hay un cielo azul y liviano, en lugar de ese capote de leche agria que hay normalmente, hoy no llueve ni hace un calor sofocante… Hoy es un día precioso. Pero a mi alrededor nadie parece advertirlo. En el laboratorio todo el mundo guarda el mismo silencio sepulcral que de costumbre. Tanto que a veces me pregunto si están muertos o dormidos (en alguna ocasión, así es), y si verdadermente están tan concentrados, ¿no les retumban los pensamientos en la cabeza?

Si no llego a girarme de la silla, un movimiento ya de por sí algo brusco en ese ambiente, Akemi nunca me habría mirado ni se habría dirigido a mí en discretísima voz baja para ir a comer. Y en la calle el tiempo invita a no trabajar más, aunque semejante reflexión me la guardo para la intimidad por las dudas.

A.- Los miércoles vienen de una panadería con los hornos al campus y venden pan recién hecho en la calle, ¿te gustaría probar?

Yo- Claro! Me encantaría! Qué bien!

El campus está lleno de mesas de madera al aire libre y desde lejos llega el olor a pan recién horneado y a queso fundido. Una ligera brisa nos acaricia delicadamente y los árboles brillan verdes en su sol-y-sombra.

Yo- ¿Estás hoy muy ocupada?

A.- No, hoy estoy bastante libre.

Yo- ¿Te apetece comer fuera?- me refiero a los aprox. 10 minutos que podemos tardar en comer una napolitana de jamón y queso.

A.- En realidad prefiero volver al laboratorio.

Yo- cara de frustración total.

Así se las pasan a la hora de comer, comiendo bollos frente al ordenador, haciendo nada en particular, mirando páginas personales, como si les molara martirizarse o como si ni se les ocurriera tomarse más de 10 min. en comer. Y así he descubierto hoy que efectivamente el resto del laboratorio estaba comiendo en su sitio, sin levantar el más mínimo ruido que pudiera hacerlo sospechar, comiendo en el más absoluto silencio. ¿Cómo se puede tomar uno como comida un paquete entero de galletas? Y lo que es peor, sin hacer ruido ni tirar migas????

Ya no sé si es que de verdad son masocas o tienen un talento genuino que quién sabe si algún día les servirá como ventaja evolutiva en un hipotético caos futuro donde sólo sobrevivan los que ni siquiera saben que lo están.

Bueno- me digo- ya que ceno a las 18,30h anyway, hoy ceno yo solita al aire libre mientras escribo mi próxima entrada del blog.

Las flores de Momo

Antes de venir a Japón, Muriel me recomendó apasionadamente Momo y Momo puso patas arriba el concepto que tenía del tiempo. Leerlo fue como un despertar de un largo letargo imperceptible para los adultos integrados en la sociedad.

Ahora, a 10.000 km de Momo, recuerdo mi época de veranos en Londres en este tipo de habitaciones minúsculas condenadas a la temporalidad. No sé qué ha sido de esa persona de hace años .

Ahora una estudiante holandesa ocupa la habitación de al lado y me parece una extraterrestre, pero ella soy yo hace 10 años.

Ahora todo es diferente. Ahora me pregunto qué hacer con el par de horas que me sobran cada día y ante mi absoluto desconcierto pienso: cuando en Madrid me lamento constantemente de no tener suficiente tiempo… ¿es real? ¿para qué, exactamente, me falta el tiempo? ¿Tiene que ver con las cosas materiales que me rodean allí y lo invaden todo? – mi casa, mi horno, mis libros, mis fotos…- ¿será que nos hemos vuelto prisioneros de nuestras pertenencias? ¿O será por las personas que nos rodean y conforman nuestra vida cotidiana? ¿Será que nos hemos encadenado a ellas, o son ellas las que conceden sentido a todo? ¿Se puede ser libre y ser feliz al mismo tiempo?

Y lo que es más importante, ¿qué libro me recomendáis leer?

Desde Cambridge con amor

Como cada vez que intento escribir algo me pongo bastante solemne, cada entrada (es decir las dos entradas) que he escrito parecen dan a entender que estar aquí es un puro sufrimiento (cosa que no es del todo cierto todo el rato). Así que esta entrada va dedicada a madres, tías y familiares en general que puedan preocuparse en exceso en la distancia.

Cambridge es muy bonito, lo cierto es que es una pena que sea tan pequeñín porque en un santiamén te has recorrido todo lo recorrible (y eso que yo, para llevar la contraria, aún no me he comprado bici!). Hoy voy a poneros una foto más concreta de lo que puedes esperar ver por aquí (pondré más, aunque el repertorio es muy básico: césped, iglesias y colleges (aún no los diferencia demasiado, salvo por el tamaño) y gente remando a todas horas por el río). La de hoy es de la capilla del King’s College (os lo dije!), aunque desde su vista menos típica, es decir, desde donde se puede acceder más fácilmente (porque las que veréis en internet están tomadas desde el río, aún tengo que averiguar cómo llegar al punto de foto típica) (no se pueden quemar todos los cartuchos así como así, hay que reservarse cosas…).

La verdad es que hoy ha sido un día bastante entretenido: por la mañana he estado dando una vuelta por la orilla del río que menos me conozco, y he llegado al centro de la ciudad con la intención de hacer unas fotos a los colleges y a los colegas cambridgeanos. Lleva una par de días haciendo un sol que te cagas (perdona mamá!) increíble, pero ésta vez de verdad, no como la semana pasada que todo el mundo me decía que había traído el sol conmigo y yo no podía quitarme la sudadera ni a mediodía. El caso es que en cuanto hay un par de rayos de sol, los ingleses se ponen tan ansiosos que se lanzan a tumbarse en cualquier trozo verde que encuentren (por aquí es MUY fácil encontrar zonas con césped, es como en Madrid encontrarse cucarachas: chupado) y se desnudan todo lo que la decencia les permite. Y claro, ellos cuentan con estar tan blancos que puedan reflectar los rayos de sol, y en cierto modo así es (intentaré hacer fotos a la gente, porque es increíble!). Total, que a lo largo de mi paseo, me he encontrado con una piscina, así que he comido en casa rápidamente y sin haber hecho la digestión he ido corriendo a nadar un ratejo. Sorpresa total cuando pregunto por los bonos y me dan una hoja de inscripción y que la entregue al salir, y entonces entiendo que tengo que pagar a la salida. Cuando he salido, me han dicho que la próxima vez diga mi nombre y que entre directamente…GRATIS!! (toma nota, Esperanza Aguirre!!), a pesar de que yo aquí no pago impuestos (luego la sanidad es una puta mierda, pero bueno). Me he bañado, he nadado un buen rato, y los guiris no paraban de untarse cremas, pero aún así a los cinco (CINCO!!) minutos, todos parecía gambas a la plancha, y yo no (chupaos esa, cambridgeanos!).

Y poco más, la verdad es que no salgo mucho, así que ahorro bastante, y luego echo mucho de menos a la gente y a la familia pero tampoco sufro demasiado porque salgo a correr casi todos los días (desde el jueves pasado) y estoy experimentando bastante con la cocina, aprovechando que mis compis de piso estudiaron para chef (en pizza hut) y no pisan la cocina nada más que para calentarse pizzas o hacerse tazas de té (o las dos cosas simultáneamente). Además he encontrado un grupo de kungfú!! La verdad es que parecen un poco frikis (os pongo la página web, que a los de wushu les va a gustar) (mamá, pincha en la palabra kungfú si quieres ver el enlace, jejeje), pero seguro que es entretenido entrenar con ellos…tienen que contestarme primero al mail que les mandé, si no el lunes les llamo y a ver.

Bueno, ahora que ya sabéis que no me va tan mal…hasta mi jefa se preocupa por mí y me manda entretenimiento para que no me aburra demasiado, jeje!!

Otro día os hablo de Dog, nuestro gato (bueno, no es nuestro pero a veces se cuela en casa y duerme en nuestro salón, como hoy).